La diosa y el mortal

Renaissance – Paolo Buonvino & Skin


       La diosa se iba acercando lentamente, desnuda, con el pelo largo cubriéndole los pechos. Él estaba tumbado en la verde hierba. El cuerpo de mujer resplandecía en la noche, su mirada estremecía al joven, le erizaba la piel y encendía su deseo. Ella se arrodilló a sus pies y fue deslizando el cuerpo hasta tenerlo frente a frente. Inició los movimientos, bajaba hasta tener su polla en el esternón e iba rozando la barriga hasta llegar a su monte de Venus. Era una diosa y sabía cómo volver loco a un hombre, cómo darle placer con cada parte de su cuerpo, cómo respirar para que hasta su ombligo estimulara el miembro del mortal. Sabía cómo besarlo con los labios ligeramente húmedos, lo suficiente para que imaginase el placer de los fluidos pero sin llegar a saborearlos. El deseo, la clave estaba en el deseo, en llevarlo al límite de anhelar tanto su cuerpo, sus entrañas, su flujo, que cuando solo la punta del mienbro se adentrase entre sus piernas él ya estuviese gimiendo de placer. Y entonces iniciaba el baile, su movimiento de caderas, entonces se sentía más poderosa que nunca cabalgando sobre un pobre mortal que nada podía hacer más que deleitarse con los contoneos de la diosa. Y es que ella lo era, era una diosa menor, pero una diosa al fin y al cabo, hermana de las ninfas, contraria al Olimpo y sus banquetes, adicta a la tierra y sus habitantes. Pasaba los días entre los humanos, disfrazada como una de ellos, vagando de ciudad en ciudad, viviendo en los campos y los bosques. Había poseído a múltiples mortales, hombres y mujeres. Los escogía guiada por su instinto, a veces lo hacía por mera diversión, por atracción, pero la mayoría de veces lo hacía por darles una chispa de divinidad a unos ojos que en su opinión lo merecían y necesitaban, unos instantes que eran una llave, algo a lo que recurrir en los momentos de soledad y angustia, les enseñaba la magia para que la conservaran hasta que sus hilos se cortaran. No amaba a ninguno y los amaba a todos. A eso dedicaba su inmortalidad, a vagar de un lugar a otro, saboreando los placeres terrenales y los divinos, libre y poderosa. Pero aquel mortal era distinto, aquel mortal tenía algo de divino, tenía algo en la mirada que la enternecía y a la par la hacía temblar. Aquel hombre había cambiado su mundo, quizá por él vagaba, quizá en su búsqueda… Y allí estaba dándole lo que le daba a todos, haciéndolo estremecer de placer divino, enseñándole lo poderosa que era, sacándole esa mirada, esa de “te adoro”, pero ella no quería solo eso. Se echó hacia delante, con su pelo creó una burbuja, la luz de la luna entraba por los mechones creando reflejos en sus rostros, no dijeron nada pero se miraron como nunca nadie los había mirado. Se besaron, se amaron, él la agarró de la nuca con determinación pero con ternura y la apretó mientras la penetraba. De repente ella paró, lo cogió de la mano “Sígueme”. Anduvieron por el bosque un poco, desnudos y en silencio. Entre unas rocas se vislumbró la entrada de una cueva, era su cueva, la cueva de la diosa, su templo, donde más poder tenía. Hubiese fulminado a cualquier mortal que hubiese osado cruzado el umbral, pero a él le pidió que no tuviese miedo, que la siguiese dentro. Ella se tumbó en el frío suelo y se abrió de piernas. “Hazme tuya, no deseo ser diosa a tu lado, hazme sentir vulnerable y pequeña. Ante ti apagaré mis vientos, apagaré mis iras, mi magia, mi poder”. Él se arrodilló ante ella, puso su miembro en la entrada del divino y virgen culo, y la penetró lento pero sin pausa. Ella se quejó, las lágrimas brotaron pero no dijo nada. Los ojos del mortal habían cambiado, eran más oscuros, casi no podían distinguirse las pupilas, el gesto, el cuerpo le pareció más grande y fuerte a la diosa que ya no se sentía como tal. Los movimientos aumentaron mientras ella se sentía menguar, mientras ella se sentía como jamás se sintió “Hoy me entrego a ti, en esta cueva donde más poder tengo te dejo que me lo arrebates, seré una diosa para el resto de los mortales, pero ante ti y solo ante ti me someto. En esta cueva me haré vulnerable, entre tus brazos dejaré de ser inmortal, podrás hacer conmigo lo que desees, pero prométeme una cosa, jamás dejarás que nadie entre aquí, si fuese tu deseo que eso ocurriese yo acataría sin chistar, pero ojalá entiendas lo que esto significa ¿Podrías concederme este deseo? ¿Puedes hacerte dueño de esta magia? ¿De este agujero por el que ahora me penetras? Puedo dar a los mortales, puedo dejar que me follen, puedo obedecerles pero no puedo someterme a ellos, sólo ante ti” dijo entre lágrimas “No temas mi diosa, serás mía y solo mía, ese es mi privilegio, solo yo te dominaré sabiéndome afortunado por poseer un tesoro tan valioso, te someteré sabiéndome un privilegiado, te amaré mientras derramo tus lágrimas como nadie jamás te amará” la comenzó a penetrar cada vez más fuerte, ella gemía loca de placer y dolor, llena de curiosidad ante estas nuevas sensaciones, lo miraba, sentía el peso de su cuerpo como nunca había sentido otro cuerpo, hasta que estalló en un orgasmo salvaje mientras era consciente de que los papeles se habían invertido, que aquel mortal se había convertido en su dios.

Y así en aquella noche todo se mezcló, la diosa se hizo un poco más mortal, y el mortal más dios, aquella noche todo se convirtió en algo extraño, una magia rara que los unía para siempre, que los volvía locos de amor, de entrega y pertenencia. ¿Quién era la diosa? ¿Quién era ahora el dios? ¿Cuál de los dos tenía más poder? ¿Cuál de los dos temblaba más por el otro? ¿El humano por saberse poseedor de una diosa? ¿O la diosa por admirar tanto al humano que se merecía poseerla?

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2 respuestas a La diosa y el mortal

  1. RUBEN ZAVALA dijo:

    Excelente y erotico escrito.

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