Madre y Suya (1ª parte)

No sé la de veces que he escrito esta entrada y ninguna me ha convencido, la última me ocupaba cinco páginas, con eso os lo digo todo, así que quizá lo divida en varias partes jajaja. La verdad es que es un tema delicado, no solo por nuestra forma de vida, sino porque la maternidad en sí es un tema controvertido sobretodo en los tiempos que estamos.

Cuando hablé con los chicos de la entrevista no dije que tuviese hijos, era un tema que por comodidad prefería evitar, un berenjenal en el que no quería meterme, pero cuando leí sus preguntas ahí estaba el “¿Y si algún día tenéis hijos qué haréis?” y claro, comprendí que no puedo dejar a un lado que soy madre, no puedo esconder esa parte de mí, sobretodo porque mi forma de serlo no tiene nada de malo y porque hay personas que estarán en mi lugar, que se estarán sintiendo como yo me sentí, con esa sensación de que tenía que dejar de lado una parte de mi vida por ser madre, que las dos cosas no podía ser. Y aquí llega la primera parte polémica: el sacrificio que estoy dispuesta a hacer por mis hijas tiene un límite. En este sentido creo que parece que las cosas tienen que ser blancas o negras. Hay mujeres que deciden no ser madres porque no quieren sacrificar sus vidas, y lo comprendo, pero es que parece que si los tienes debes sacrificar lo que eres por y para ellos, y yo no estaba dispuesta a ello. No me malentendáis, son mis hijas y las quiero con locura, hago lo que sea porque estén sanas y felices, menos sacrificar mi felicidad, porque las cosas pueden ser grises, puedo ser una madre entregada, pero manteniendo la persona que soy, viviendo mi vida. Y si alguien cree que es egoísta, solo quiero aclarar que lo hago también por ellas, me las imagino de adultas y quiero que sean mujeres fuertes y que, tengan las circunstancias que tengan, sean como sean, no sacrifiquen eso por nada ni por nadie. Mi vida es mía, las suyas son suyas, y nadie debería ser infeliz por creer que así hará feliz a otra persona. Ojo, no hablo de esforzarse, de dar algunas cosas, de adaptarte a las circunstancias, hablo de luchar por mantener el equilibrio para que ellas sean felices y yo también.

La primera vez que nos relacionamos con gente del BDSM, en la primera fiesta a la que fuimos, salió la conversación. De manera unánime nos aconsejaron que sacásemos completamente el BDSM de nuestra casa y nuestras hijas, que lo practicásemos siempre fuera. El mundo se me vino encima, ya llevábamos como cinco años siendo Amo y sumisa, luchando cada día por tener la relación que deseábamos y no habíamos tenido más remedio que hacerlo dentro de casa, las circunstancias no nos habían dado opción. Ese día me sentí mala madre y a la vez me sentí traicionada por mí misma, me estaba planteando dejar de lado lo que soy por mis hijas ¿Cómo sería ahora mi vida? ¡Qué injusto era haber tocado con los dedos una vida maravillosa y ahora tener que renunciar a ella! En aquella ocasión también nos dijeron que el 24/7 era un utopía que era imposible llevarla a cabo… entenderéis cómo me sentía a la vuelta de aquel viaje. Pero entonces me planteé que cada uno ve las cosas de una manera, que cada uno lo vive a su manera, y que quizá para esas personas vivir el BDSM delante de sus hijos era poco más que hacer reverencias al Amo delante de ellos, comer en el suelo, ir con el collar por casa. Que quizá para esas personas el 24/7 era estar todo el día azotando, cumpliendo órdenes sexuales, que para ellos quizá sería como vivir en una sesión continua. Pero nosotros llevábamos varios años viviéndolo a nuestra manera y nos funcionaba, para mí lo importante era la entrega, el sentimiento, no las situaciones y eso no podía apagarlo al cruzar la puerta de casa, o sacarlo solo en la habitación de un hotel.

Hace poco hablando con un amigo sintetizó lo que he hecho durante mi vida en muchas ocasiones sin darme cuenta, por pura necesidad. Y es que cuando estás angustiado, cuando en los momentos oscuros te das cuenta de que no hay nadie que puede ayudarte, cuando sientes que no existe la persona que esté pasando por lo mismo, o que encontrarlo es demasiado difícil, debes sacar de ti la fuerza del pionero. Tienes que dejar las lamentaciones a un lado y empezar a caminar el primero por ese camino negro que tienes ante ti, asumiendo el riesgo de que no sea el correcto o que en uno de los pasos caigas por un precipicio. Claro que es un riesgo enorme, pero quedarte parado en esa angustia es demasiado horrible. Y aunque en aquel momento no lo hacía conscientemente, decidí ser pionera, caminar por ese sendero oscuro que era ser madre y Suya.

Es cierto que los niños hacen lo que ven, que yo les doy ejemplo, pero me duele que piensen que únicamente soy sumisa, yo soy una persona que lucha día a día por superarme, que no paro de buscar mi misión en la vida, que cada día me levanto con la intención de ser más yo y un poco más feliz, y lo voy consiguiendo. Soy una persona consecuente, que lucho por dejar mi granito de arena en este mundo, que intento hacer bien a los demás sin perderme nunca de vista. Ese es el ejemplo real que les doy, todo lo demás es circunstancial, y lo genial de mis hijas es que tienen la capacidad de ver el trasfondo de las circunstancias. Yo no las educo para que sean sumisas, las educo para que sean lo que les dé la gana ser.

Para concluir esta especie de introducción a este tema os diré que cuando decidí ser pionera en este tema supe que tendría que serlo en muchos más aspectos, que tendría que llevar una maternidad abierta y distinta, que no podría mentirles nunca, que tendría que conseguir tener una confianza con ellas, lo que implicaba respetarlas siempre, no juzgarlas, y sobre todo no menospreciar sus capacidades, su comprensión. Tenía que dejar de tratarlas como estamos acostumbrados a tratar a los niños, como si estuvieran al margen de la vida de los adultos, como si hasta el día en que ellos lo sean no comprendieran nada. Yo miro a mis hijas y veo a dos personas, dos personas en un punto distinto al mío pero que ya son dueñas de sus vidas. El día que decidí que todos en esta familia merecíamos ser felices supe que tendría que romper con mis propios patrones de madre, que empezaría una lucha continua sobre lo aceptado y lo que realmente creo que les hará bien. A modo de ejemplo tonto, ellas eligen su ropa, la que se compran y la que se ponen cada día, si van de una manera que a mí no me gusta, si mi hija pequeña quiere ir a las fiestas del pueblo en pijama porque le encanta, debo enfrentar a mi parte madre perfeccionista que me dice: “Pero cómo va a ir en pijama, qué van a decir, y a las fiestas que van a estar todas las madres del cole…” con la madre que sabe que ir en pijama es una circunstancia, ella es feliz con esa ropa y de mí necesita respeto, saber que la apoyaré en sus decisiones aunque a mí no me gusten, que para mí ella es la importante, no lo que digan los demás. Esto, como digo, es un ejemplo tonto, pero quien me conoce sabe que es un símbolo importante, me encanta vestir bien. Y por eso mismo lo hice, no soportaría que ahora viniese mi madre cada día a decirme qué ropa ponerme, por qué ellas sí van a tener que hacerlo.

Bueno, que me enrollo, esto era para poner un poco en situación, para que cojáis un poco la perspectiva de mi forma de entender la maternidad antes de meterme de lleno en cómo hemos llevado nuestra relación siendo padres. Pido respeto en este tema, es imposible que solo por lo que cuente entendáis cómo es la vida en mi casa, todo lo que podéis sacar son conjeturas. Mis hijas son niñas muy felices, todos los que las conocen me dicen lo especiales que son, la inteligencia emocional tan enorme que tienen. A su alrededor tienen maestras, abuelos, tíos, etc… que tratan con ellas a diario, nosotros estamos abiertos a escuchar cualquier cosa que nos digan de cómo las ven, si creen que tienen algún problema, si creen que algo les está haciendo mal. Pero hasta ahora lo único que he escuchado es positivo, así que tan mal no lo estaremos haciendo. Me quedo con una anécdota, mi madre un día tras una conversación que tuvo con mi hija mayor me dijo: “Me dan envidia, yo hubiese querido que me educaran en esa naturalidad y libertad en las que ellas se están educando.”

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4 respuestas a Madre y Suya (1ª parte)

  1. Ama Blanca dijo:

    Te entiendo perfectamente. Y también te admiro por tu valentía y tu determinación. Defender una forma de vida que no es aceptada socialmente es para valientes y cuando lo haces tiene que ser con todas las consecuencias. A los niños se les trata como idiotas y se les castra desde pequeños por nuestros propios prejuicios, cuando ellos aceptan y normalizan cualquier situación que se les explique razonablemente y con argumentos como el amor, el cariño y la libertad. El único problema que puedes tener en un futuro es que tus hijas se conviertan, gracias a sus padres, en unos seres de mente abierta, tolerantes y felices por aceptar quienes son.
    Saludos Ama Blanca..

  2. Pablo Mil dijo:

    Yo creo que los seres humanos tenemos un pequeño rango de maniobra, más allá que potencialmente pareciera que no existen límites. Eres la madre que eres porque eres así como eres (no sé si excelente, buena, regular o mala, ni me interesa) y estoy seguro que no podrías serlo de otra manera. ¿Cuánto tiempo alguien puede vivir de una manera distinta a lo que siente? No creo que mucho tiempo y sin duda sería a costa de una vida desgraciada que inevitablemente se transmitiría a quienes te rodean. Además ¿qué caso tendría fingir ser quien no se es? Ningún caso, y es imposible.

    Lo que sí creo es que hay cosas que son de la pareja y no de los hijos, independientemente de la edad que tengan los hijos. No creo que a ningún hijo le interese saber de las intimidades de sus padres, sean éstas sexuales, emocionales o del tipo que sean. Yo personalmente no quisiera enterarme si mi padre o mi madre (ya difuntos) fueron infieles, si alguno estuvo enamorado de otra persona, o si alguna vez pensaron en separarse porque creyeron que no se querían lo suficiente o si odiaban a sus hermanos. Tampoco ningún padre quiere enterarse de la intimidad de sus hijos.

    La vida de cada uno es de uno y lejos de ser una muestra de confianza, mostrar la intimidad es una falta de consideración hacia el resto, por lo cual no creo que sea una falta no mostrarle a tus hijas tu “elección” de forma de vínculo.

    • Ángela Cantero dijo:

      Estoy totalmente de acuerdo con casi todo lo que dices y digo en casi todo, porque aunque yo no quiero saber ciertas cosas de mis padres hay otras que no me importa, ya que a veces los padres tienden a esconder demasiado sus sentimientos y emociones a sus hijos, lo que a estos les crea la sensación de que ni sufren ni padecen, y cuando los hijos, da igual que edad sea, empiezan a experimentar ciertas emociones, a veces negativas, se sienten fatal, ya que creen que esas personas que son su ejemplo no los han sufrido. Si sientes angustia y miedo hacia una situación y se lo ocultas por completo a tus hijos, cuando ellos lo sufran creerán que está mal, que son raros, que tu eres perfecto y ellos no han conseguido serlo. Viví la separación de mis padres con 11 años, vi a mi madre llorar, a mi padre pasarlo mal, equivocarse, vi sus “debilidades”, los vi humanos y por el resultado que ha dado en mí creo que es lo mejor que pudieron hacer como padres. Mis padres me han consolado y ayudado muchísimas veces pero estoy muy orgullosa de decir que que yo a ellos también. Es una confianza más allá del vínculo tradicional entre padres e hijos. En cuanto a la sexualidad sí estoy de acuerdo, cuando digo que no dejé de ser lo que soy por mis hijas no digo que se lo muestre y le vaya contando qué hacemos, qué somos o cómo nos amamos. Yo a mis hijas les explico lo que quieren saber, soy sincera con ellas a demanda y dándoles explicaciones a su nivel. Pero de ello hablaré en una entrada más detenidamente ya que esto tiene muchos matices…
      Gracias por leerme y por comentar 🙂

  3. Tony Simba dijo:

    Hola Ángela.
    Ya que pides opinión, me siento obligado a dártela.
    Desde el comienzo, incluso antes de que tu lo supieses, te he estado leyendo. Y, como desde entonces, sigo siendo un lector más, alguien que aprende de lo que escribes y que enriquece su vida gracias a tus entradas. Dejando (ocultando) el hecho de que soy tu padre.
    Pero en esta entrada me descubro. Estas hablando de mis nietas y cómo las educais. Yo las llevé a las fiestas del pueblo y una de ellas, así es, iba vestida con el pijama.
    Son dos niñas felices, llenas de ilusión por todo, con enormes ganas de aprender. Con un sentido de la responsabilidad fuera de lo común. Hacen las cosas, no por miedo a represalias y castigos, sino por el placer de estar haciendo algo bien. Seguras de si mismas. Respetan a todo el mundo, no critican a otras niñas de su edad. Tanto su comportamiento en el colegio como los resultados en las notas son excelentes. Son capaces de controlar rápidamente sus caprichos y rabietas de niñas (que también las tienen) en cuanto les dices que ya está bien, o que no les vas a comprar o a hacer lo que quieren. En fin, no quiero que esto parezca una oda del abuelo ensalzando a sus nietas. Pero es necesario que lo diga porque es una realidad. Me conoces y sabes que si no fuese así, simplemente me callaría.
    Siendo tan pequeñas, admiro la personalidad que tienen y la forma que tienen de ver el mundo que les rodea. Con tanta naturalidad y respeto. Y eso desde luego, es el resultado de la educación que reciben en su casa.
    Cada vez que te veo con ellas y la forma en que las tratas, me pregunto donde encontraste tú el manual para criar a los hijos que yo no encontré. Me hubiese gustado hacerlo así de bien contigo.
    Soy un padre tremendamente orgulloso de su hija, de ti. Y desde luego eso incluye la manera en que educas a tus hijas. Estas sacando de ellas lo mejor y más único que tiene cada una. Y el resultado es que, como todo el mundo te dice, son niñas muy especiales.
    Por cierto, no me extrañaría que en las fiestas del pueblo el año próximo haya muchas niñas vestidas con el pijama! Jajajaja
    Te quiero, Ángela.

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