El camino de la nostalgia

Ya estoy de vuelta de las vacaciones, y como me suele pasar tras recuperar fuerzas, me he puesto a hacer limpieza en todos los sentidos. Quería aclarar que esta entrada y la siguiente son dos entradas que necesito, son fruto de esa limpieza en profundidad, como cuando necesitas sacar todo lo que hay en un cajón para luego decidir qué vuelves a guardar y qué quieres tirar.

Lo que tenemos los granaínos con nuestra playa es amor-odio. Es nuestra playa pero tenemos que conducir unos 40 minutos hasta llegar a ella, eso ahora que han abierto la autovía, porque me pasé toda mi infancia chupándome curvas y carreteras de doble sentido durante una hora larga. Cuando llegas allí te encuentras con una extensión gris, llena de piedras. Pero es nuestra playa, esa que te pilla a mano para ir los fines de semana del verano, esa a la que van tus abuelos todos los años porque está cerca, esa a la que vas cuando eres adolescente con tus amigos a pasar el día pues es a la única a la que te dejan ir tus padres. Eso que son ventajas al final se acaba convirtiendo en ese odio del que hablaba, siempre vas allí, siempre te encuentras a las mismas personas, el mismo ambiente, y te va asfixiando, te va creando la sensación de que no avanzas, de que eres la que eras cuando fuiste de niña, la misma que cuando ibas de adolescente…

Ayer nos montamos en el coche temprano, sin desayunar y partimos para Almuñécar, así se llama la playa. Desde que las niñas empezaron a tener consciencia y recuerdo hemos creado una tradición, un día en el que repetimos aquellos rituales que nosotros vivimos de niños. Antes íbamos varias veces en el verano con mi familia, pero este año fuimos expresamente a hacer nuestros rituales, solos. Nos montamos en el coche y pusimos el disco recopilatorio de Juan Luis Guerra, cuando nos conocimos descubrimos que nos traía los mismos recuerdos, que tanto sus padres como los míos nos lo ponían de camino a la playa. Me gusta sacarlo de la carátula amarillenta y vieja, ponerlo y comenzar un viaje al pasado. Empieza a sonar la música y noto que mi mente y mi cuerpo se eriza, se pone en modo nostálgico, y es que el camino a la playa es el camino de la nostalgia, pues he hecho ese camino con todas las personas importantes de mi infancia…

La tapicería del Ford Orión viene a mi mente, el olor, su tacto, mis padres sentados delante, aún juntos. Íbamos al cortijito que teníamos allí, las vistas de la piscina, el banano, el olor del sillón, las literas de los dormitorios, la mini lavadora que había en el baño, la balaustrada blanca de la terraza, era una casita preciosa que yo odiaba, sentía que me ataba, que nos obligaba a ir allí cada verano, y yo quería volar, salir, alejarme por unos días de la que era en mi ciudad, ir a un sitio a ver cosas distintas, ir a playas distintas, comerme un helado distinto en una heladería distinta…

Como he dicho ahora han abierto la autovía, por lo que la carretera antigua está casi desierta, ayer, mientras contemplaba el paisaje reparé en ella, de repente las imágenes me golpearon duro, y me puse a llorar. Cuántas veces hice ese camino con mi abuelo en el coche, cuántas veces paramos en el Azud de Vélez a desayunar como a él le gustaba, cuántas veces me quedé con ellos en los apartamentos que alquilaban mientras mis padres trabajaban en setiembre, cuántas cabañas me hizo en aquellas piedras, cuántos de sus “rollos” me contó. Cuántas veces fuimos toda la familia junta a pasar el día, éramos de esos que ponen cuatro sombrillas y llevan la tortilla, la carne empanada y la sandía de postre, con dos neveras llenas de refrescos, de broma decíamos que era una “Jaima” pues poníamos sábanas enganchadas para dar más sombra. Y allí pasábamos el día todos mis tíos y mis primos, quizá cuando era más niña sí disfrutaba de ello, pero ya de mayor empezó a no gustarme, aparentemente disfrutaba, pero miraba a otras personas a nuestro alrededor, miraba al mar y algo dentro me dolía, me sentía atrapada, ya no me valía la carne empanada ni la tortilla, la jaima era para mí una jaula, ahora lo veo, ahora que en estos últimos años he analizado mi relación con mi familia me doy cuenta de que mi madre y yo no pertenecíamos a ese mundo, a esa forma de hacer las cosas, pero hay veces que cuando naces haciendo lo mismo una y otra vez haces las cosas por inercia porque el placer que produce la costumbre disfraza tu verdadera necesidad, lo que de verdad quieres. Todo esto se acentuó cuando murió mi abuelo, porque él tenía la virtud de hacer mágico y especial todo. La última vez que fuimos todos juntos a la playa mi hija pequeña tenía dos años, tiene una foto con la sandía que era casi más grande que ella, aquella vez estar allí me pesó demasiado, definitivamente lo que me ataba a ese mundo había muerto hacía varios años y debía aceptarlo.

Poco a poco hemos ido construyendo nuestro mundo, hemos ido encontrando la manera de hacer las cosas, me encanta ir a la playa con la sombrilla, los esterillos y una mochila negra, nada más. Me gusta ir con la sensación de que puedo irme cuando quiera, que mi equipaje pesa tan poco que puedo moverlo fácilmente.

Ayer pusimos a Juan Luis Guerra en el coche y supe que este año me iba a costar enfrentarme a la nostalgia. Recorrimos el camino y verlo canturrear mientras conduce me lo hizo más ameno, vi aquella vieja carretera y un nudo se me agarró, lloré en silencio para que no se diera cuenta de que lo hacía, no quería. Fuimos a desayunar buñuelos con chocolate como manda la tradición, fuimos a la playa un rato, frente al Vizcaya, donde siempre nos hemos puesto, vi a las familias con sus sandias, con sus “jaimas”, me llené las manos del polvo de las piedras haciendo casitas con mis hijas, siempre me ha dado dentera hacerlo, comimos en el chiringuito con sus aparatosas e incómodas sillas de anea de toda la vida, comimos migas y pescado frito, Él se pidió el espeto de sardinas hecho en la vieja barca de siempre. Después las niñas se montaron un rato en unos columpios mientras nosotros las mirábamos sentados en un banco del paseo. El día se nubló y yo con él. Recordé a mi abuelo, imaginé qué pensaría de que ya no nos reuniésemos como cuando él estaba, con lo que luchó por vernos a todos juntos… entonces acepté que él ya no existía como tal, que él ya no puede decir nada porque ya no está, porque cuando alguien muere, muere, y los que se quedan no pueden seguir haciendo las cosas por su recuerdo, porque eso es vivir esclavos de algo inexistente. Mi abuelo ya no existe como persona, ya estará en otra vida viviendo otras cosas, y debe hacerlo a su manera, al igual que yo. “¿Qué hacemos?” La nostalgia ya me había afectado demasiado, esta vez me había ganado la partida y no quería seguir con el resto de rituales, ya no quería helado en “la isla de Capri” ni quería cenar en la pizzería “Pinocho”… No quería pasar delante del hotel “Helios” ni ver el balcón del apartamento que mi abuelo bautizó como “Villa Toldos”. No quería andar por el paseo hasta el mercadillo nocturno, no quería cruzarme con todas las personas que harían lo mismo aquella noche. No quería pasar por la calle en la que le dije que necesitaba que me dominase, no quería entrar en “Loro Sexy” a ver los pájaros…

Y a pesar de que este año la nostalgia haya podido conmigo no quiero dejar de ir cada año, porque todos deberíamos hacer nuestro camino a la nostalgia de vez en cuando, para recordar, para evaluar cómo hemos cambiado, cómo nos sentimos frente a aquello que fuimos, frente a todo lo que vivimos, para ver qué queda de eso en nosotros, para que nunca olvidemos de dónde venimos y valoremos dónde hemos llegado, para rendir homenaje a nuestro pasado mientras nos desprendemos de él. Porque por muy bonitas que sean algunas de las cosas que vivimos ya no existen y eso hay que aceptarlo, los objetos bonitos también pesan, y no olvidemos que la clave es viajar livianos.

Al viajar a mi pasado me doy cuenta de que en la infancia las personas que nos quieren y nos cuidan nos hacen formar parte de sus mundos, nos hacen partícipes de ellos y eso nos aporta, pero conforme vamos creciendo hay que crear el nuestro propio pues vivir en el de los demás no es vivir.

Al terminar de escribir esto voy a poner Juan Luis Guerra a tope porque tengo presión en la cabeza y necesito llorar nostalgia.

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Una respuesta a El camino de la nostalgia

  1. Tony Simba dijo:

    Angela, las descripciones y conclusiones de tus vivencias siempre me dan claves. En este caso, no sólo me han llevado a revivir momentos de nostalgia que creía olvidados, sino que me han mostrado un punto de vista muy importante a tener en cuenta en mi contínuo momento presente a partir de ahora: “Porque por muy bonitas que sean algunas de las cosas que vivimos ya no existen y eso hay que aceptarlo, los objetos bonitos también pesan, y no olvidemos que la clave es viajar livianos.”
    Un beso

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