El patio del colegio

Hay una cosa de escribir que me apasiona y me asusta a partes iguales. Teclear, deslizar el boli en el papel, son de las mejores técnicas que tengo para descubrirme, para destapar esas pequeñas cosas que me impiden crecer pero pasan desapercibidas. Muchas veces antes de ponerme a ello cierro los ojos y hago una pequeña meditación para conectar con mi parte más profunda, le pido que se acerque y que sea ella la que guíe mis dedos. En estas ocasiones necesito música indispensablemente porque escribo a ritmo, sin pensar, solo dejo que mis dedos escriban lo que desean, lo que les sale… Mi intención con esta canción era escribir una historia inventada que ya tenía pensada, pero se ve que esa parte de mí tenía otra idea muy distinta. Salió la primera frase y de repente las lágrimas brotaron para mi sorpresa, no tenía ni idea de que eso me estuviese pesando tanto, no sabía que aquellos años me doliesen tanto. Han pasado unos días desde que escribí esto y ya siento que mi mochila pesa mucho menos, aunque ha dolido cerrar algunos círculos, pero me siento mucho más ligera. Hay algo que me apasiona y me asusta de escribir, y es cuando aparece ante mis ojos claramente qué debo hacer para seguir creciendo. Es magia…

El patio – Pablo López 

Hay una niña en un patio de un colegio de monjas, está dando vueltas alrededor de un arbolillo endeble. Hay una niña triste dando vueltas pensando en por qué no la entienden cuando habla de cómo cree que deben ser las personas unas con otras, de cómo ve la vida con ese “algo más”. Hay una niña de 7 años en el patio de un colegio de monjas sola, sus amigas acaban de reírse de ella porque les ha dicho que no hay que pelearse, que debemos amarnos y respetarnos, que hay algo que nos observa, que hay algo a lo que rendirle cuentas… Sonrío pensando en aquella niña que encontró en la clase de religión el nombre a ese “algo” que ella sentía, Dios, lo llamaban. Y las niñas se reían de ella por querer llevar a la práctica eso que le contaban en clase de religión, pero no por ser “buena” sino porque lo sentía, porque no podía comprender que sus amigas sacasen buenas notas en esas clases, que se supiesen las historias, las parábolas y las canciones mejor que nadie pero no fuesen capaces de sacarlo fuera del aula.

Miro a esa niña y le sonrío triste porque en aquel patio, ese día volvió a comprobar que pocos la comprenderían, que había cosas en ella que rechazarían, que le colgarían inevitablemente el cartel de rara y loca de forma despectiva. Ese día decidió camuflarse, decidió callarse para sentirse aceptada.

 Años después esa niña dejó de creer en las clases de religión, aquella religión volvía a confundirla, volvía a parecerle hipócrita y autoritaria, volvía a parecerle un invento de hombres. Ese Dios del que hablaban no era el Dios que ella sentía, o al menos esos que hablaban de lo mucho que lo conocían no le parecían auténticos. Cómo podían predicar el respeto y condenar la homosexualidad, cómo podían llevar el amor por bandera y odiar todo aquello que es diferente.

Hay una niña dando vueltas a un árbol en un colegio de monjas que está enfadada conmigo, porque aún la tengo allí, dando vueltas. Porque aún no he sido lo suficientemente valiente como para decirle que no, que no tomé la decisión adecuada, que las que se equivocaban eran las otras personas, que cómo pude priorizar las palabras de otros a lo que yo sentía. Está tan enfadada porque aún no he soltado ese mundo, ese recreo en el que importaba tantísimo el cartel que te colocaran, ese patio en el que importaba tantísimo lo que opinasen los demás. Y estoy harta de aquella decisión que tomé, esa que no me deja hablar tranquila de mis locuras, esa que me impide vivir cien por cien en la frecuencia y en el mundo que deseo, ese mundo que siento, que no es mentira por mucho que otros lo pensasen, porque como me dijo una gran amiga: Nadie puede tachar de mentira lo que sientes, porque tú lo has sentido y sabes que es verdad. Pero esa niña está enfadada conmigo porque cuando siento algo dejo que lo contamine lo que creo que pensarían los demás, por muy cierto hubiese sido.

Ángela, mírame, deja de dar vueltas a ese árbol, sal del colegio, la sirena sonó hace rato, ya no tienes nada que ver con aquello, no perteneces a ese lugar, ve a nadar con los de tu especie y deja al mundo que corra, ponte unos tapones en los oídos y solo siente, no dejes de sentir.

Brújula me llaman, digna de admirar me dicen, y yo solo soy una niña que da vueltas en el patio de un colegio de monjas, porque no puedo olvidar aquellos años, no puedo desvincularme… Vete, joder, vete del patio del colegio, sal de allí de una puñetera vez. Ahora tienes tu mundo, tu casa, tus sensaciones, tus vivencias, lo tienes a Él que te protege mientras te llama con todo el amor del mundo “la loca que corre” enseñándome que se puede amar, respetar y admirar lo que no se comprende. No quiero más etiqueta que esa, es la única que me vale, porque de un loco se puede esperar cualquier cosa y eso me hace libre, tremendamente libre, me deja volar porque nadie me dice que no es cierto que pueda hacerlo. El loco, mi loco interior es ese que me pide salir y desarrollarse…

Pero por lo pronto hay una niña en el patio del colegio que acaba de darse cuenta en este mismo instante que la sirena ya sonó, eso sí. Le costará salir de ese patio, pero lo conseguirá.

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Pensamientos

Sí, lo reconozco, a veces soy un poco idiota, más que idiota es que vivo tan en mi mundo que olvido ver cómo se trascriben mis palabras al exteriorizarlas a un mundo muy distinto. No, no me arrepiento de haber sacado de mí cada una de las palabras que saqué, pero ahora soy consciente de que existen ojos que las leen y no las comprenderán, porque una misma palabra puede significar muchas cosas si la impregnas de cada vivencia distinta, cada prejuicio, cada sentimiento. Hasta quien crea que me está entendiendo puede que no lo esté haciendo, solo interprete lo que necesita interpretar.

Si algo puedo atribuirme es que me he construido sola, si de algo puedo presumir es de haberme levantado más fuerte de cada tropiezo, de cada cura de humildad, de cada circunstancia adversa. He construido la vida que he deseado de la nada, sin nadie que me abriese el camino… el síndrome del pionero me acompaña a cada paso, y creo que así debería ser para todos pues cada vida, por mucho que se parezca, es distinta a las otras. No me siento capacitada para dar consejos a nadie, contesté cada uno de los correos que me llegaron pidiendo ayuda durante un tiempo, y me quedaba con un pellizco dentro. No es justo para mí, ni es justo para las personas que me escribían, yo no puedo darle a nadie qué hacer pues, suponiendo que llevase razón al 100%, la estoy privando de su descubrimiento, le estoy quitando la posibilidad de hacerse fuerte por sí misma. Porque no ha sido fácil, ni lo es, pero mi camino es tan sólido y maravilloso, que cómo quitarle a nadie la posibilidad de construirse solo. Como madre uno de los métodos que me encantan es el de la Disciplina Positiva, hay un lema del método que me he grabado a fuego “No rescates, empodera”. Son tres palabras que resumen tan bien el problema del mundo, lo que no hemos hecho, son tres palabras que se pueden aplicar a tantas situaciones, a tantas personas, contigo mismo… No podemos privar a nadie de frustrarse, de angustiarse, de enfrentarse a sus propios miedos, de romper sus propios muros, aunque la veas llorar y sangrar mientras. Claro que puedes acompañar, dar calor, poner una mano en el hombro, pero nunca debes intervenir, nunca debes darle unas directrices, pues quizá las mismas que te sirvieron a ti a ella no le sirvan o no es esa la manera de aprenderlas. Aplicado a esos correos que recibo pidiéndome consejo, ayuda… por más que me duela, por más que me den ganas de decir qué hacer, por más agradecida y emocionada que esté por esa enorme confianza depositada en mí, mi manera de acompañar, de dar calor es este blog, es haber contado mi historia a cara descubierta, es dar un lugar en el que ver que alguien lucha por ser libre, por muy incomprensible que sea esa libertad. No estáis solas ni solos, da igual si os sentís así por esa necesidad de entrega, porque no encontráis a la persona adecuada, porque no os gusta vuestro trabajo, vuestra vida… Este no es un blog de BDSM, jamás me cansaré de repetirlo, este es el blog de una persona que jamás se cansará de luchar por tener y disfrutar de la vida que siente que debe tener, el blog de una persona que no se conforma con menos, de alguien que se enfrenta a sí misma, a su ego, que llora, que se angustia, que no ha llegado a la meta porque sabe que no la hay, que hay que trabajarse cada día para pulirse y llegar donde cree que debe llegar.

Agradezco los correos, lo juro, y espero que nadie se sienta mal conmigo por esto, pero no puedo contestarlos, no tengo la autoridad, la energía, ni la potestad para hacerlo.

He decidido enfocar mi vida en mí, he decidido que ha llegado el momento de darme solo a mí, de elegir de verdad a quién darme. No, no ha pasado nada entre Él y yo, sigo siendo lo más Suya que puedo, pero es que no he parado de decir que hay que elegir a quién darse, y efectivamente en apariencia, en cuerpo, en actitud solo me daba a Él, pero la realidad es que mi energía la repartía sin ton ni son, se la daba a quien me la reclamaba, a todo el que yo consideraba que la necesitaba y he ido perdiendo y perdiendo fuerza en un sutil goteo que no he percibido hasta que no se me ha presentado una circunstancia familiar difícil que ha requerido mucho de mí. Y ha sido cuando al abrir el almacén he descubierto que estaba medio vacío, que iba a tener que compartir con esa persona lo poco que tenía. Sé que a veces puede costar entender de qué hablo, pero un ejemplo muy gráfico es que yendo al hospital me hice unas pequeñas rozaduras en los pies, nada muy importante, como las que me he hecho mil veces y que al día siguiente estaban curadas, pero esta vez se me infectaron de una manera desproporcionada, me echaba de todo y nada me curaba, las heridas seguían abiertas, supurando. Prácticamente no podía andar y se me saltaban las lágrimas cuando me ponía los zapatos. Un día mi hija vino a preguntarme algo y me encontró llorando como una niña pequeña sentada en el suelo porque me acababa de quitar la tirita. Me dolió horrores pues se había pegado, pero no lloraba solo por eso “¿Qué te pasa mamá?” “No puedo más, no sé qué me pasa, pero no puedo seguir, estoy agotada” Vino y me abrazó suavemente “Tranquila, no pasa nada”. Fue un abrazo tan cálido, me llenó y me dio un poco de energía, al menos la que necesitaba para continuar ese día… Supe que estaba pagando las consecuencias del derroche, que ahora era yo la que necesitaba que me dieran, incluso mi hija, cuando lo normal es que sea al revés. Ha pasado ya un mes de que comenzara esa circunstancia, ahora todo esta más tranquilo, ahora está en orden, pero aún tengo una herida feilla y con un poco de dolor, nada comparado con lo que fue, pero está para recordarme esa vez que repartí energía sin ser consciente de ello, sin guardarme para mí y para lo importante, esa vez que dejé a mi cuerpo sin la capacidad de sanarse, de regenerarse, de tal forma que estuve más de un mes para curar una simple y pequeña rozadura. Esa herida aún escuece a pesar de que ya he podido descansar, recuperar mi normalidad, pero está para que no olvide sacar una conclusión, que tome medidas para que no vuelva a pasar.

En este mes solo tenía energía para tirar malamente de mí y darle a la persona que realmente lo necesitaba. Nada para Él, nada para mis niñas, era una madre zombie, un animalillo que solo sabía acurrucarse y dormir al lado de su dueño. Aunque admiro lo fuertes que somos como familia, aunque admiro a mis hijas por tener esa autonomía, esa fortaleza que les hacía llevar la situación con normalidad y no reclamarme nada, aunque lo amo con todo mi corazón por comprenderme, por facilitarme la vida todo lo que puede y más, por cuidarme, por no pedir nada, por abrazarme cada noche y dejarme llorar en paz. Aunque esto me ha servido para corroborar lo maravillosos que son, no puedo evitar sacar la conclusión de que esto no puede volver a suceder, que ellos estarían más que dispuestos a ayudarme como lo han hecho, pero yo no quiero llegar al límite en el que me he visto. Por eso ahora sí que no me queda más remedio que dosificar mi energía, darla a quién yo quiero, a lo que yo considere que es realmente importante y sobretodo guardar para mí sin opción a coger de ahí ni un poquito para otra cosa. Al final, es cierto eso de que cuidarte tú es un acto de amor hacia los demás también.

Esto no son más que reflexiones que me han surgido, no sé ni por qué las comparto, bueno sí, porque debo seguir en mi eterna lucha de entender que este es mi blog y puedo publicar lo que quiera, aunque sea un cúmulo de pensamientos que aparentemente no son nada, pero es lo que ahora mismo tengo…

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Nana de otro tiempo

Dime si yo fui aquella que se desnudó en tu lecho, dime si yo fui aquella que sentiste tuya algún día. Esa a la que amaste en la hoguera y en el frío bosque. Dime bajito, susurrando, que yo fui aquella, por favor. Esa que consideraste tuya sin mediar palabra, sin que eso fuese especial, dime si fui aquella que poseíste porque era lo natural en aquel momento…

Susúrrame bajito y suave si ya nos conocemos, si besaste cada parte de mi cuerpo diciendo “Mía” tras cada beso… Sí lo fuiste, mis células te oyeron bien y lo recuerdan, aún lo recuerdan. Te llaman cada noche, añoran tus labios tiernos. Ojalá esa conexión en cada penetración, ojalá esos susurros lejanos en cada abrazo.

Te miro a los ojos y veo una historia que jamás conoceremos realmente, un mundo con unas normas más salvajes pero menos enrevesadas.

Dime si fui aquella que te amó y se entregó en plena libertad, sin juicios, sin miradas extrañas, dime que en alguna época tú y yo encajamos, dímelo por favor… dime que este tiempo no es nuestro tiempo, dime que en aquel lecho esto era más natural, más sencillo, que no había que explicar por qué deseo ser tuya, que tampoco había que explicar que aunque seas mío yo soy más tuya, porque no somos de la misma manera. Dime que no había que aclarar si eras de los que poseían o de los que se poseían.

Dime mi amor, dime que hubo un tiempo en el que todo era más basto pero más sencillo. Dime que hubo un tiempo en el que no tenía que explicar, en el que no tenía que etiquetarme…

Se oye una nana lejana de vez en cuando, una que nos canta a los dos, que nos cuenta la verdad de lo que somos, de lo que sentimos, de que este tiempo hay que vivirlo pero no es el nuestro, esa que nos canta que quizá ninguno lo sea, esa nana que nos dice que nos amemos de la forma que lo hacemos, que nos demos de la manera que deseemos, que te haga mío mientras soy más tuya que nunca, una nana que nos dice que nuestro hogar está en los brazos del otro, que en ellos podemos ser de verdad.

Los tiempos cambian, nuestros rostros cambian, nuestra voz, nuestras ropas, pero nosotros permanecemos, me lo susurra esa nana, esa que transmiten tus ojos cuando cabalgo sobre tus caderas, esa que sentimos fuerte en el pecho, que no es locura, ni cuento, esa que es pura verdad.

Dime que me besaste cada parte del cuerpo, que me besabas la espalda con un “Mía” tras cada beso. Dame tus labios, pósalos en mi piel por favor, hazme sentir, hazme ver esos mundos en los que fuimos, esos mundos en los que este amor no tenía nombre. Fóllame sin quitar tus ojos de los míos ¿Me ves? Dime quién soy.

La luna sonreirá por vernos de nuevo, la magia volverá a nosotros, esa magia que nacía de nuestra piel…

Sé rudo, sé tierno, sé mío, sé mi dueño, sé mi hogar. Y dímelo, dime tus secretos por favor, dime si yo fui aquella que se desnudó en tu lecho, dime si yo fui aquella que sentiste tuya algún día. Esa a la que amaste en la hoguera y en el frío bosque. Dime bajito, susurrando, que yo fui aquella, por favor…

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Adicta

Llegaste a mi vida de la manera mas tonta, un encuentro casual, un tropiezo estúpido que me dejó con cara de tonta viendo el calor de tu mirada, tú me sonreíste… media hora mas tarde me follabas con pasión en tu infernal cama, esa que me ató para siempre, esa en la que me perdí sin remedio.

Las horas pasaban lentas cuando no me hablabas, cuando no me dabas los buenos días, no podía pensar, no podía escuchar, el sentarme a estudiar era una tortura ¿Por qué no me llama?¿Qué estará haciendo?¿Otra mujer estará retorciéndose de placer en su cama?

Los días pasaron, cada vez que estaba a tu lado el mundo dejaba de existir, yo dejaba de existir, necesitaba tu sabor en vena, esnifar tu piel, necesitaba la pastilla de la felicidad que eran tus besos. No me peinaba, no comía a penas, era una autentica yonki de tu amor, o de las migajas que guardabas para mí. No voy a culparte, jamás me dijiste que esto fuese exclusivo, jamás me susurraste un “te quiero”, jamás me diste a entender que esta locura fuese algo más que el sexo más maravilloso que nunca probé… ¿Acaso tiene culpa la droga de ser tan adictiva?

Vagué por las calles en busca de otra cosa, de otro encuentro casual que me liberara de tu embrujo, de tus caricias, de este dolor que sentía cuando no estaba entre tus sábanas…

Tus sábanas, esas en las que me retuerzo de maneras inimaginables, tus sábanas que me envuelven y me hacen flotar, esa cama del averno que me atrapa, como un imán, con la suavidad de su tela, con el recuerdo de tu olor en ellas, esas que se ven tan hermosas manchadas de nuestros fluidos, esas que nos arropaban de una forma única tras nuestros orgasmos.

Por qué no vienes a amarme, por qué no estás aquí ahora mismo, a qué dios, a qué demonio debo rezarle para que cruces la puerta que tengo ante mi para que sea tu mano la que me acaricia, para que sean tus besos los que se posen en mi cuello, para sentir tus gráciles dedos entrando en mí. A qué maldito dios debo rezarle, cuál es el demonio capaz de obrar semejante milagro, dime cuál es, quiero entregarle mi alma, aunque quizá ya no la tenga, quizá ya sea tuya, ya te la haya entregado, quizá ya te la di la primera vez que nos tropezamos como dos torpes. Sí, aquel día en aquella cama ya te había dado algo, y a mí me faltaba un pedazo.

Ven aquí mi demonio, ven a reclamar lo que es tuyo, no me importa que tengas a mil prisioneras más, solo quiero que apagues este fuego, que me liberes este orgasmo que yo sola no puedo provocar…

El orgasmo no llega por más que me retuerzo y me froto, me siento en el suelo, pego mi espalda sudorosa en la pared, necesito su frescor para calmarme… El orgasmo no llega pero las lágrimas brotan grandes e intensas, me rompo… soy una yonki, soy adicta a ti, a tu boca, a tu sabor, a tu humedad, a la forma en que el carmín colorea tus labios, a la forma que tu pelo se alborota cuando estás saboreándome entre las piernas…

Llegaste a mi vida de la manera mas tonta, un encuentro casual, un tropiezo estúpido que me dejó con cara de tonta viendo el calor de tu mirada, tú me sonreíste, tus dientes relucieron entre el rojo de los labios, el rubio resaltaba tu piel blanca… A la media hora éramos dos locas restregando sus cuerpos, a la media hora ejercíamos un salvaje ritual en el que yo me entregaba a ti, bella bruja, sin que me lo reclamases, sin que lo supieras, a la media hora me metía la primera dosis de la droga más dulce que hay, me metía la primera dosis de ti.

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Un sábado,una peli rara de los 90 y Su mano en mi nuca al darme de beber

A veces se me olvida desde dónde quiero vivir las cosas… a veces se me olvida que no soy sumisa, que soy una persona entregada. Es lo mismo, pensaréis, pero en mi cabeza no… Cuando pienso que soy sumisa aparece ante mí una lista enorme de cosas que debería hacer, de cosas que debería aguantar, niveles a los que deseo llegar. Me frustro cuando un día los hago bien y al día siguiente soy un auténtico desastre. A veces tengo la sensación de llegar a la misma conclusión mil veces, pero es que la vida, las personas, tampoco tenemos esos niveles, no somos un cúmulo de lecciones aprendidas que jamás se nos olvidan. Que un día controles tu soberbia no hace que ya no vuelva a aparecer…

Pero siempre, en los momentos más angustiosos de mi entrega, esos que no tienen nada que ver con Él, esos que me creo yo solita en la cabeza y que cada vez son más complejos de transmitir, siempre aparece un rayito de luz, un gesto, una frase que te hace recordar algo.

Aquella noche de sábado estaba siendo complicada para mí a nivel interior, tenía un castigo pendiente que debería cumplir más tarde, estábamos viendo una peli extraña de los 90, de esas que me encantan, nos habíamos echado una copa… No había nada de dominación en la situación más allá del pensamiento del castigo que mi Amo me había impuesto y con el que yo estaba obsesionada. De repente Él cogió la copa, puso una mano en mi nuca y me dio de beber. Y allí estaba mi rayito de luz, esa canción que yo cantaba, esa que decía que a mí de la sumisión lo que me encanta es un viernes, un vino y un vestido que me siente genial, que a mí de la sumisión lo que me gusta es un sábado, una peli extraña de los 90 y Su mano en mi nuca al darme de beber… Cómo explicar la calidez que tienen esos momentos, la magia que poseen para mí, lo idiota que me hacen sentir al enfrentarlos con mis pajas mentales.

Cumplí mi castigo con una lucha mental increíble, a veces cuesta llegar a la conclusión a la que nos quieren llevar esos rayitos de luz en la oscuridad, a veces ves la pieza pero hasta un tiempo después no ves dónde encaja. El día siguiente me lo pasé seria, tristona, venga a dar vueltas a este complicado puzzle que creía tener en la cabeza y que no había manera de formar. Al llegar la noche necesitaba follar con Él, reconectar. La luz, la música, Él… todo era perfecto para estar excitada, pero lo cierto es que no encontraba la manera, estaba seca y no me sentía fluir. Hasta que apareció la palabra, el segundo rayito de luz que ya sí me iluminó. En un contexto que guardaré para mí me dijo “Tienes suerte, a ti solo te ha tocado un marido vicioso”. Ahí estaba la palabra “marido” es una palabra que siempre me calma. Es cierto, es mi marido, aunque a veces se me olvide, y eso me hace verlo no como un Amo del BDSM, sino como un Amo más natural, más en lo cotidiano, más extendido a todo, incluso a las situaciones que no son nada BDSM. Todo esto es algo muy personal, el significado que otorgo a las palabras y las sensaciones que les asocio son únicamente mías. Es un poco raro pero en mí funcionan. Escuchar esa palabra, oírlo autodenominarse marido y no Amo, me hizo conectar con Él, con mi forma de vida y lo más importante, conmigo misma de nuevo… Me hizo comprender que no deseo solo un Amo, que yo quiero pertenecer a la persona a la que amo… no sé si se ve el matiz de esa afirmación, pero para mí es fundamental.

Lo que me gusta de la entrega es que sea sutil, suave y cotidiana, lo que me gusta de la sumisión es notar el calor de Su mano en mi nuca mientras debo tragar al ritmo que Él me dé de beber, lo que me gusta es que unos minutos antes me diga: “Deberías ver la película en el suelo, pero prefiero que estés en el sofá, a mi lado” y ahora comprendo que es porque soy Suya, porque soy Su perra, pero nunca dejaré de ser la mujer a la que ama, esa que prefiere abrazar, antes que reproducir una escena BDSM.

A veces me he imaginado siendo Ama, a veces me he imaginado lo cabrona que sería si tuviese una sumisa, desde esa escena me ha costado comprenderlo a Él como Amo, si tienes la oportunidad de hacer lo que quieras con una persona por qué no hacer uso de ese poder a la mínima ¿Por qué no hacerla dormir en el suelo cada vez que te plazca? Y ahora comprendo que si tuviese el sentimiento dominante quizá sería una gran Ama dentro del BDSM, pero sería una mierda amando. Y debo reconocer que Él en ese tema siempre me ha dado mil vueltas, yo ahora empiezo a aprender a amar de verdad, cuando Él es lo único que ha hecho desde que nos conocimos. Y al final siempre acabo arrodillándome ante Él por pura admiración, rindiéndome ante Su capacidad para llevar nuestra relación, esa que mezcla tantas cosas, tantos sentimientos, Su capacidad de amarme y dominarme a la vez, acabo arrodillándome ante la persona que desea que duerma a Su lado cada noche, la que solo me manda al suelo cuando no hay más remedio mientras me dice: “Espero que seas consciente de que te has castigado tú y me has castigado a mi”.

Es mi marido y yo soy Su mujer entregada, no somos un Amo y Su sumisa. Esta afirmación, y todo lo que conlleva en mi cabeza, no se me puede olvidar nunca.

 

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Cambios

Hoy me asomo rápidamente para comentaros que quiero hacer una serie de cambios en el blog. A veces me atasco y la inspiración no me llega, me pongo a escribir y no me sale nada. Para mí esa es una señal inequívoca de que debo hacer cambios en mi vida porque me estanco. En otros aspectos ya he puesto en marcha esos cambios y ahora empezaré con los del blog. Aún no sé muy bien cuáles son, solo sé que los necesito.

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Como una loba salvaje

Y correr como una loba salvaje entre los árboles del bosque…

Hay veces que la piel quiere desgarrarse, como si algo quisiera salir de ti, sientes una presión por cada parte del cuerpo, un hormigueo por las extremidades, es una sensación única, un escalofrío que no lo es, pero se parece. EL pecho te late, la sangre te bulle y quieres salir de este cuerpo que te atrapa, quieres salir de esta carne que es tuya y a la vez no, de esta carne que eres tú, pero no eres realmente tú.

Hay veces que me paro a observar y no me siento de aquí, hay veces que tomo demasiada perspectiva, veo mi vida como si fuese una película, sabiendo que solo es una parte de lo que realmente es mi vida. EN los eones del tiempo, en el correr de un alma que no lo tiene una vida es solo un capítulo. Qué soy, madre, esposa, hija, sumisa, Ángela… y a la vez siento que realmente no soy nada de eso.

Tengo una imagen recurrente, la imagen del pinar que hay cerca de mi casa, con la luz de la tarde de un domingo traspasando las ramas, me veo caminando entre los troncos, sola, rozando las cortezas con suavidad, no para de venirme esa imagen, el olor de esa situación y ese escalofrío que no lo es vuelve a recorrerme. Quién soy, qué soy… soy todo y no soy nada. Qué críptico es todo, dónde tengo que ir, porqué no estoy allí la tarde de este domingo, por qué me resisto a algo tan sencillo como ir al pinar que está al lado de casa, por qué tengo miedo…

Algo me espera en otros lugares, lo siento muy dentro.

Qué difícil es esta sensación.

Algo dentro quiere desgarrar mi piel, ojalá dejarlo salir, convertirme en un hermoso lobo blanco corriendo en un bosque… Un día lo soñé, me vi cabalgando en un bosque, alguien quería sacarme de allí porque una manada de lobos blancos nos perseguía, pero yo los miraba y no sentía miedo, sentía alivio, existían, por fin podía verlos, no eran producto de mi imaginación, no eran cuentos ni leyendas, ahí estaban los lobos blancos entre esos troncos y yo quise ir con ellos. Me sentía libre cabalgando con ellos a ambos lados.

Algo dentro quiere salir, transformarse, correr como una loba salvaje entre los árboles del bosque.

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Madre y Suya (1ª parte)

No sé la de veces que he escrito esta entrada y ninguna me ha convencido, la última me ocupaba cinco páginas, con eso os lo digo todo, así que quizá lo divida en varias partes jajaja. La verdad es que es un tema delicado, no solo por nuestra forma de vida, sino porque la maternidad en sí es un tema controvertido sobretodo en los tiempos que estamos.

Cuando hablé con los chicos de la entrevista no dije que tuviese hijos, era un tema que por comodidad prefería evitar, un berenjenal en el que no quería meterme, pero cuando leí sus preguntas ahí estaba el “¿Y si algún día tenéis hijos qué haréis?” y claro, comprendí que no puedo dejar a un lado que soy madre, no puedo esconder esa parte de mí, sobretodo porque mi forma de serlo no tiene nada de malo y porque hay personas que estarán en mi lugar, que se estarán sintiendo como yo me sentí, con esa sensación de que tenía que dejar de lado una parte de mi vida por ser madre, que las dos cosas no podía ser. Y aquí llega la primera parte polémica: el sacrificio que estoy dispuesta a hacer por mis hijas tiene un límite. En este sentido creo que parece que las cosas tienen que ser blancas o negras. Hay mujeres que deciden no ser madres porque no quieren sacrificar sus vidas, y lo comprendo, pero es que parece que si los tienes debes sacrificar lo que eres por y para ellos, y yo no estaba dispuesta a ello. No me malentendáis, son mis hijas y las quiero con locura, hago lo que sea porque estén sanas y felices, menos sacrificar mi felicidad, porque las cosas pueden ser grises, puedo ser una madre entregada, pero manteniendo la persona que soy, viviendo mi vida. Y si alguien cree que es egoísta, solo quiero aclarar que lo hago también por ellas, me las imagino de adultas y quiero que sean mujeres fuertes y que, tengan las circunstancias que tengan, sean como sean, no sacrifiquen eso por nada ni por nadie. Mi vida es mía, las suyas son suyas, y nadie debería ser infeliz por creer que así hará feliz a otra persona. Ojo, no hablo de esforzarse, de dar algunas cosas, de adaptarte a las circunstancias, hablo de luchar por mantener el equilibrio para que ellas sean felices y yo también.

La primera vez que nos relacionamos con gente del BDSM, en la primera fiesta a la que fuimos, salió la conversación. De manera unánime nos aconsejaron que sacásemos completamente el BDSM de nuestra casa y nuestras hijas, que lo practicásemos siempre fuera. El mundo se me vino encima, ya llevábamos como cinco años siendo Amo y sumisa, luchando cada día por tener la relación que deseábamos y no habíamos tenido más remedio que hacerlo dentro de casa, las circunstancias no nos habían dado opción. Ese día me sentí mala madre y a la vez me sentí traicionada por mí misma, me estaba planteando dejar de lado lo que soy por mis hijas ¿Cómo sería ahora mi vida? ¡Qué injusto era haber tocado con los dedos una vida maravillosa y ahora tener que renunciar a ella! En aquella ocasión también nos dijeron que el 24/7 era un utopía que era imposible llevarla a cabo… entenderéis cómo me sentía a la vuelta de aquel viaje. Pero entonces me planteé que cada uno ve las cosas de una manera, que cada uno lo vive a su manera, y que quizá para esas personas vivir el BDSM delante de sus hijos era poco más que hacer reverencias al Amo delante de ellos, comer en el suelo, ir con el collar por casa. Que quizá para esas personas el 24/7 era estar todo el día azotando, cumpliendo órdenes sexuales, que para ellos quizá sería como vivir en una sesión continua. Pero nosotros llevábamos varios años viviéndolo a nuestra manera y nos funcionaba, para mí lo importante era la entrega, el sentimiento, no las situaciones y eso no podía apagarlo al cruzar la puerta de casa, o sacarlo solo en la habitación de un hotel.

Hace poco hablando con un amigo sintetizó lo que he hecho durante mi vida en muchas ocasiones sin darme cuenta, por pura necesidad. Y es que cuando estás angustiado, cuando en los momentos oscuros te das cuenta de que no hay nadie que puede ayudarte, cuando sientes que no existe la persona que esté pasando por lo mismo, o que encontrarlo es demasiado difícil, debes sacar de ti la fuerza del pionero. Tienes que dejar las lamentaciones a un lado y empezar a caminar el primero por ese camino negro que tienes ante ti, asumiendo el riesgo de que no sea el correcto o que en uno de los pasos caigas por un precipicio. Claro que es un riesgo enorme, pero quedarte parado en esa angustia es demasiado horrible. Y aunque en aquel momento no lo hacía conscientemente, decidí ser pionera, caminar por ese sendero oscuro que era ser madre y Suya.

Es cierto que los niños hacen lo que ven, que yo les doy ejemplo, pero me duele que piensen que únicamente soy sumisa, yo soy una persona que lucha día a día por superarme, que no paro de buscar mi misión en la vida, que cada día me levanto con la intención de ser más yo y un poco más feliz, y lo voy consiguiendo. Soy una persona consecuente, que lucho por dejar mi granito de arena en este mundo, que intento hacer bien a los demás sin perderme nunca de vista. Ese es el ejemplo real que les doy, todo lo demás es circunstancial, y lo genial de mis hijas es que tienen la capacidad de ver el trasfondo de las circunstancias. Yo no las educo para que sean sumisas, las educo para que sean lo que les dé la gana ser.

Para concluir esta especie de introducción a este tema os diré que cuando decidí ser pionera en este tema supe que tendría que serlo en muchos más aspectos, que tendría que llevar una maternidad abierta y distinta, que no podría mentirles nunca, que tendría que conseguir tener una confianza con ellas, lo que implicaba respetarlas siempre, no juzgarlas, y sobre todo no menospreciar sus capacidades, su comprensión. Tenía que dejar de tratarlas como estamos acostumbrados a tratar a los niños, como si estuvieran al margen de la vida de los adultos, como si hasta el día en que ellos lo sean no comprendieran nada. Yo miro a mis hijas y veo a dos personas, dos personas en un punto distinto al mío pero que ya son dueñas de sus vidas. El día que decidí que todos en esta familia merecíamos ser felices supe que tendría que romper con mis propios patrones de madre, que empezaría una lucha continua sobre lo aceptado y lo que realmente creo que les hará bien. A modo de ejemplo tonto, ellas eligen su ropa, la que se compran y la que se ponen cada día, si van de una manera que a mí no me gusta, si mi hija pequeña quiere ir a las fiestas del pueblo en pijama porque le encanta, debo enfrentar a mi parte madre perfeccionista que me dice: “Pero cómo va a ir en pijama, qué van a decir, y a las fiestas que van a estar todas las madres del cole…” con la madre que sabe que ir en pijama es una circunstancia, ella es feliz con esa ropa y de mí necesita respeto, saber que la apoyaré en sus decisiones aunque a mí no me gusten, que para mí ella es la importante, no lo que digan los demás. Esto, como digo, es un ejemplo tonto, pero quien me conoce sabe que es un símbolo importante, me encanta vestir bien. Y por eso mismo lo hice, no soportaría que ahora viniese mi madre cada día a decirme qué ropa ponerme, por qué ellas sí van a tener que hacerlo.

Bueno, que me enrollo, esto era para poner un poco en situación, para que cojáis un poco la perspectiva de mi forma de entender la maternidad antes de meterme de lleno en cómo hemos llevado nuestra relación siendo padres. Pido respeto en este tema, es imposible que solo por lo que cuente entendáis cómo es la vida en mi casa, todo lo que podéis sacar son conjeturas. Mis hijas son niñas muy felices, todos los que las conocen me dicen lo especiales que son, la inteligencia emocional tan enorme que tienen. A su alrededor tienen maestras, abuelos, tíos, etc… que tratan con ellas a diario, nosotros estamos abiertos a escuchar cualquier cosa que nos digan de cómo las ven, si creen que tienen algún problema, si creen que algo les está haciendo mal. Pero hasta ahora lo único que he escuchado es positivo, así que tan mal no lo estaremos haciendo. Me quedo con una anécdota, mi madre un día tras una conversación que tuvo con mi hija mayor me dijo: “Me dan envidia, yo hubiese querido que me educaran en esa naturalidad y libertad en las que ellas se están educando.”

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Inaugurando la temporada

¡Primera entrada de Septiembre! El jueves pasado ya publiqué un cuentecillo, pero con esta entrada me despido oficialmente de las vacaciones e inauguro la nueva temporada. Este mes es un mes que me apasiona, vuelvo con las pilas cargadas, con muchísimas reflexiones hechas, con sensaciones nuevas y la mente despejada. Ha sido un verano maravilloso, de los mejores que he vivido, y no por las cosas que hemos hecho sino por cómo he conseguido vivirlo. El verano es una época complicada para mí, por un lado me gustaba pero por otro me ponía en un estado de irritabilidad, de mal humor, incluso depresiva. Durante varios veranos me propuse ir trabajándomelo, aprender a disfrutar ya que creo que lo que me ocurría es que se exageraba ese horrible mecanismo que tengo dentro de autoboicotearme, de no dejarme ser feliz. En los últimos veranos ya noté mejoría, pero este ha sido el clave, ese en el que te das cuenta de que eres capaz de disfrutar y vivir el momento. Pero aunque ha sido genial ahora toca saborear otras sensaciones que también me encantan: Plantear nuevos retos, nuevas metas, reorganizar, limpiar a fondo, hacer cambios, cerrar capítulos, prepararme para un nuevo curso. Reiniciarme es algo que adoro.

Cuando me fui de vacaciones estaba hecha un lío respecto al blog, seguía teniendo muy presente quién me lee y elucubrando demasiado qué desea leer quien lo hace. Y ese era el problema, la perspectiva, enfocaba el blog de fuera a dentro, pretendía sacar de mí lo que esas personas imaginarias querían, en vez de posicionarme de una vez por todas de dentro a fuera. Esto es algo recurrente en mi trayectoria en el blog, ese necesitar volver al origen para darme cuenta que este proyecto empezó por y para mí, y que eso no puede cambiar ya que me conozco y sé que por otro camino acabaría dejándolo. Me he dado cuenta que ser consciente de que lo que escribo ayuda a otras personas me abruma y me confunde. De repente tomo la responsabilidad de seguir haciéndolo, como si esa fuera mi intención desde un principio. Y no, esto empezó para ayudarme a mí, ese proceso ayudó a otras personas y eso debe seguir siendo así. Aunque suene más egoísta, aunque quede precioso decir que esto lo hice para otros… pero no es cierto, me encanta ayudar “de rebote” a otras personas, pero eso es algo casual. Creerme que tengo la obligación de ayudar es otra forma sutil de soberbia, y ya sabéis que se la tengo jurada a esa… ¿Quién leches soy yo para ir por la vida ayudando a nadie? Y no lo digo desde el no valorarme, lo digo desde que yo soy una persona con sus cosas buenas y malas, pero sin nada más especial que mi empeño por crecer. Así que seguiré escribiendo sobre ese proceso y si leerlo ayuda a alguien más, genial. Por otro lado intenté dividirme, intenté llevar dos blogs para expresar distintas cosas de mí, distintas partes… eso tampoco dio resultado, no sirvo para dividirme, soy un completo para bien o para mal. Hace poco una amiga que me ha ayudado mucho a enfocar bien las cosas, me dijo que mi blog debe ser como mi casa. Esta metáfora me ayudó muchísimo. En mi casa hay muchas habitaciones, muchas cosas que me representan, en ella puedo hacer muchas actividades que adoro hacer: meditar, sentarme en el jardín, ver series, estar de barbacoa con amigos, follar… en mi casa también me angustio, lloro, me enfado… Cuando vienen invitados se integran, esta casa tiene algo que el que viene se siente parte de ella, aunque cada uno es libre de elegir qué de ella vive. Con todo este rollo lo que quiero decir es que por fin comprendo (aunque ya lo sabía no me había calado) que este es un blog personal, que no es un blog temático, soy yo hablando de mis cosas, y mis cosas son muchas y variadas. Que no tengo que escribir pensando en qué querréis leer, sino escribir de lo que quiera, abrir mis puertas y dejar que cada uno elija en qué habitación quiere entrar y en cuál no.

Como siempre cuando escribo mis procesos los veo tan simples que digo: Ángela ¿De verdad has tenido que angustiarte tanto y darle tantas vueltas a algo tan simple y lógico? Pero yo soy así y así he de quererme jaja.

Dicho todo esto, solo me queda decir que espero que vuestros veranos os hayan llenado de vitalidad, la suficiente para afrontar este nuevo curso que llega y que presiento será importante a muchos niveles.

Y ya sí, doy inicio a esta nueva temporada, gracias por estar ahí.

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La diosa y el mortal

Renaissance – Paolo Buonvino & Skin


       La diosa se iba acercando lentamente, desnuda, con el pelo largo cubriéndole los pechos. Él estaba tumbado en la verde hierba. El cuerpo de mujer resplandecía en la noche, su mirada estremecía al joven, le erizaba la piel y encendía su deseo. Ella se arrodilló a sus pies y fue deslizando el cuerpo hasta tenerlo frente a frente. Inició los movimientos, bajaba hasta tener su polla en el esternón e iba rozando la barriga hasta llegar a su monte de Venus. Era una diosa y sabía cómo volver loco a un hombre, cómo darle placer con cada parte de su cuerpo, cómo respirar para que hasta su ombligo estimulara el miembro del mortal. Sabía cómo besarlo con los labios ligeramente húmedos, lo suficiente para que imaginase el placer de los fluidos pero sin llegar a saborearlos. El deseo, la clave estaba en el deseo, en llevarlo al límite de anhelar tanto su cuerpo, sus entrañas, su flujo, que cuando solo la punta del mienbro se adentrase entre sus piernas él ya estuviese gimiendo de placer. Y entonces iniciaba el baile, su movimiento de caderas, entonces se sentía más poderosa que nunca cabalgando sobre un pobre mortal que nada podía hacer más que deleitarse con los contoneos de la diosa. Y es que ella lo era, era una diosa menor, pero una diosa al fin y al cabo, hermana de las ninfas, contraria al Olimpo y sus banquetes, adicta a la tierra y sus habitantes. Pasaba los días entre los humanos, disfrazada como una de ellos, vagando de ciudad en ciudad, viviendo en los campos y los bosques. Había poseído a múltiples mortales, hombres y mujeres. Los escogía guiada por su instinto, a veces lo hacía por mera diversión, por atracción, pero la mayoría de veces lo hacía por darles una chispa de divinidad a unos ojos que en su opinión lo merecían y necesitaban, unos instantes que eran una llave, algo a lo que recurrir en los momentos de soledad y angustia, les enseñaba la magia para que la conservaran hasta que sus hilos se cortaran. No amaba a ninguno y los amaba a todos. A eso dedicaba su inmortalidad, a vagar de un lugar a otro, saboreando los placeres terrenales y los divinos, libre y poderosa. Pero aquel mortal era distinto, aquel mortal tenía algo de divino, tenía algo en la mirada que la enternecía y a la par la hacía temblar. Aquel hombre había cambiado su mundo, quizá por él vagaba, quizá en su búsqueda… Y allí estaba dándole lo que le daba a todos, haciéndolo estremecer de placer divino, enseñándole lo poderosa que era, sacándole esa mirada, esa de “te adoro”, pero ella no quería solo eso. Se echó hacia delante, con su pelo creó una burbuja, la luz de la luna entraba por los mechones creando reflejos en sus rostros, no dijeron nada pero se miraron como nunca nadie los había mirado. Se besaron, se amaron, él la agarró de la nuca con determinación pero con ternura y la apretó mientras la penetraba. De repente ella paró, lo cogió de la mano “Sígueme”. Anduvieron por el bosque un poco, desnudos y en silencio. Entre unas rocas se vislumbró la entrada de una cueva, era su cueva, la cueva de la diosa, su templo, donde más poder tenía. Hubiese fulminado a cualquier mortal que hubiese osado cruzado el umbral, pero a él le pidió que no tuviese miedo, que la siguiese dentro. Ella se tumbó en el frío suelo y se abrió de piernas. “Hazme tuya, no deseo ser diosa a tu lado, hazme sentir vulnerable y pequeña. Ante ti apagaré mis vientos, apagaré mis iras, mi magia, mi poder”. Él se arrodilló ante ella, puso su miembro en la entrada del divino y virgen culo, y la penetró lento pero sin pausa. Ella se quejó, las lágrimas brotaron pero no dijo nada. Los ojos del mortal habían cambiado, eran más oscuros, casi no podían distinguirse las pupilas, el gesto, el cuerpo le pareció más grande y fuerte a la diosa que ya no se sentía como tal. Los movimientos aumentaron mientras ella se sentía menguar, mientras ella se sentía como jamás se sintió “Hoy me entrego a ti, en esta cueva donde más poder tengo te dejo que me lo arrebates, seré una diosa para el resto de los mortales, pero ante ti y solo ante ti me someto. En esta cueva me haré vulnerable, entre tus brazos dejaré de ser inmortal, podrás hacer conmigo lo que desees, pero prométeme una cosa, jamás dejarás que nadie entre aquí, si fuese tu deseo que eso ocurriese yo acataría sin chistar, pero ojalá entiendas lo que esto significa ¿Podrías concederme este deseo? ¿Puedes hacerte dueño de esta magia? ¿De este agujero por el que ahora me penetras? Puedo dar a los mortales, puedo dejar que me follen, puedo obedecerles pero no puedo someterme a ellos, sólo ante ti” dijo entre lágrimas “No temas mi diosa, serás mía y solo mía, ese es mi privilegio, solo yo te dominaré sabiéndome afortunado por poseer un tesoro tan valioso, te someteré sabiéndome un privilegiado, te amaré mientras derramo tus lágrimas como nadie jamás te amará” la comenzó a penetrar cada vez más fuerte, ella gemía loca de placer y dolor, llena de curiosidad ante estas nuevas sensaciones, lo miraba, sentía el peso de su cuerpo como nunca había sentido otro cuerpo, hasta que estalló en un orgasmo salvaje mientras era consciente de que los papeles se habían invertido, que aquel mortal se había convertido en su dios.

Y así en aquella noche todo se mezcló, la diosa se hizo un poco más mortal, y el mortal más dios, aquella noche todo se convirtió en algo extraño, una magia rara que los unía para siempre, que los volvía locos de amor, de entrega y pertenencia. ¿Quién era la diosa? ¿Quién era ahora el dios? ¿Cuál de los dos tenía más poder? ¿Cuál de los dos temblaba más por el otro? ¿El humano por saberse poseedor de una diosa? ¿O la diosa por admirar tanto al humano que se merecía poseerla?

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