El contrato

Por diversos motivos de vez en cuando hablaré de conceptos más básicos y cómo los vivimos nosotros. Aprovecho para abrir la veda para que me propongáis temas que os interesen o de los que queráis que hable. Me he dado cuenta de que a veces me limito, así que prefiero que seáis vosotros los que me abráis más campos. Podéis hacerlo por email, en comentarios, o en twitter. Estaría encantada de que lo hicieseis y muy agradecida. Dicho esto aquí va el primero de estos temas:

El contrato en BDSM es un papel en el que dos personas que quieren iniciar una relación D/s  exponen sus condiciones, límites y demás. En él se establece también la palabra de seguridad, lo que ocurrirá si alguna de las dos partes incumple tal contrato etc… Evidentemente no es un papel legal, es más un pacto escrito entre esas dos personas.

Cuando le confesé qué necesitaba me pidió que investigara sobre el tema en internet ya que mi única referencia era Historia de O y mi imaginación. Lo primero con lo que me topé fue con este concepto. Me llamó mucho la atención, era algo que no me esperaba en un mundo que yo imaginaba tan pasional, tan sexual… un contrato era como un elemento frío y calmado. Se lo conté y con Su mente de ciencias, mucho más racional que la mía, le pareció un buen primer paso. Yo al principio reconozco que lo viví más con la emoción de hacer algo así, pero sin entender lo importante que era. Hoy en día ese contrato está obsoleto, siempre tuve claro que no quería límites, no me quería regir por un contrato, pero todo debe ser poco a poco. Ahora está en una carpetita verde junto a las fustas, cuerdas, ganchos y pinzas, es como una reliquia, como un recuerdo tierno pero ya sin ninguna validez. Aunque no nos rijamos por él, es ahora cuando he comprendido lo importante que fue. Cuando dábamos nuestros primeros pasos nos ayudó a pararnos, a meditar los puntos, a hablar directamente sobre lo que cada uno quería y temía, a sacar lo importante de mis fantasías, enfrentarme a lo que realmente quería de ellas, qué me asustaba de verdad. Nos ayudó a comenzar con los primeros protocolos. Darle la seriedad necesaria para llevarlos a cabo. Esto es fundamental, hoy en día si Él me dice espontáneamente una nueva norma yo la acato y la integro con el resto. Pero en aquella época veníamos de una relación muy distinta, no es que quisiese desobedecerlo, es que no estaba acostumbrada a tener normas, mucho menos que fuesen de Su parte, es más, me daba una especie de vergüenza rara obedecerlas. Como si Él la hubiese dicho pero no para que la cumpliera de verdad y siempre. Pero verlas sobre el papel y firmarlo era otra cosa, les daba peso y sobriedad, era un compromiso real y firme de comenzar con este camino. Creo que a Él además le daba fuerza para llevar a cabo las consecuencias de mis faltas, como si antes le diese la misma “cosilla” ejercerlas como a mí obedecerlas.

Firmamos nuestro contrato el día que nos casamos, era nuestro símbolo, nos casábamos y comenzábamos una unión distinta, una relación distinta. En aquella preciosa cama con dosel me ordenó por primera vez que leyese algo para Él, era ese contrato. Si leerlo para mí ya daba impresión hacerlo en voz alta, escuchando todos esos compromisos saliendo de mi boca, esas normas me encendían la cara y, por qué no decirlo, la entrepierna.

La verdad es que en ese contrato pocos límites tenía ya, prácticamente ninguno, pero me gusta cuando se me olvida que existió, de hecho hablo de él porque en distintas conversaciones ha surgido casualmente y me ha hecho mucha gracia la reacción de sorpresa “¿Pero  vosotros tenéis contrato?” y me he sonreído llena de ternura al recordarlo: “Sí, lo tuvimos”.

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