Mamá, ¿Y si ya no quiero ser sumisa?

Hoy me apetece volver a hablar de mi madre, por favor, no la imaginéis como una señora normal, es una mujer increíble, un corazón hippie que lucha por romper los condicionamientos clásicos en los que creció, con sus cosas como todos, pero con una incansable voluntad de búsqueda y superación. Me apetece hablar de ella por varios motivos, el primero porque a veces damos por seguro que una persona va a estar ahí y de repente, un día cualquiera, te ves enfrentándote al vértigo del peligro, ese que te dice que puede que esa persona se vaya antes de lo que creías. El día que me enfrenté a que si mi madre moría yo me quedaría sola en muchos sentidos fue uno de los días más duros de mi vida, lo bueno es que uno de los motivos por los que me quedaría sola es que no he conocido a nadie que entienda la vida como ella, cosa que me ha transmitido, así que acto seguido saqué la fuerza para vivir a su lado lo que fuese que tuviese que ocurrir y también para fortalecerme, crecer en mi individualidad y dejar de ser dependiente de algunas personas por mucho que las quiera. Todo esto fue estando yo embarazada de tres meses, pasamos el embarazo luchando cada una a nuestra manera porque la vida venciese. Yo lo conseguí el 9 de Marzo cuando nació nuestra pequeña “V” y una semana después mi madre también lo lograba… le confirmaban que estaba limpia, había obrado el milagro por segunda vez (en este post os contaba la primera). No dejo de decir que estos últimos meses han sido los mas intensos de mi vida, supongo que os haréis una idea de que no exagero si os cuento que esto es solo una de las circunstancias que han ido surgiendo, pero creedme también si os aclaro que están siendo los meses más bonitos también, incluyéndolo todo. Es la primera vez que hablo de esto abiertamente ya que decidimos vivir (que no sufrir) en intimidad todo el proceso, no olvidemos que ella ya había vivido todo esto una vez y podía enmendar esos “si yo hubiese sido de otra manera hubiese hecho las cosas de tal o cual forma” y así ha sido, nos hemos ahorrado tanto paternalismo gratuito, tanta lástima inútil, tanta incomprensión… la gente hasta se molesta cuando ve que te tomas bien una enfermedad y hasta eres capaz de disfrutarla, de aprender de ella. Menudo entrenamiento de “Aquí y ahora” llevamos… Pero no era hablar de esto el objetivo de este post, quería contaros una “anécdota” que ha sido crucial en mi vida y mi relación en la que ella tiene mucho que ver y que me ha enseñado un poco más a cerca del amor de una madre.
En este post os conté cómo le dije a mi madre qué tipo de relación tenemos. De eso hace ya muchos años y ella y yo no hemos vuelto a hablar del tema de forma explícita. Al principio sí que me comentaba alguna preocupación, recuerdo un verano en el que Él me mordió en el brazo y me salieron unos morados, no fue nada alarmante pero es mi madre y de ella he sacado mi capacidad de observación. Ahí me di cuenta de que por mucho que aceptase nuestra forma de llevar la relación hay cosas que es mejor mantener ocultas, es mi madre y no nos cuesta nada tener un poco más de ojo en esas cosas evitando preocupaciones sin sentido. No olvidemos que la imaginación es peor que la realidad, ella veía unos morados en mi brazo y se imaginaría algo oscuro y esperpéntico, seguro que no nos imaginaba en el sofá viendo una serie y a mí provocándole poniéndole el brazo en la boca, un juego tonto y aislado como ocurrió en realidad. Mi sensación todo este tiempo con ella era que lo aceptaba porque confía en mí y sobretodo confía en Él, pero que no era de su gusto nuestra relación, que no le gustaba saber de mi parte sumisa ya que ella siempre me ha apoyado en mi proceso de sacar mi fortaleza… y por su propio proceso de vida luchando contra la «sumisión cotidiana» por así decirlo.
Todo esto me lleva a hace unos cinco meses cuando nació nuestra tercera hija. Se juntaron tantas cosas… Él estaba estudiando para un examen de promoción interna muy importante para todos por lo que estaba en casa pero encerrado estudiando. Por otro lado dos hijas mayores intentando procesar todos los cambios que estaban ocurriendo, un bebé recién nacido que requería toda mi atención y un postparto bastante duro a nivel emocional y físico ya que llegué al parto con mucha anemia. En esos momentos duros en realidad es cuando más debes aprovechar para evaluarte, para enfrentarte a tus debilidades… Yo me di cuenta de que era demasiado dependiente, por pura comodidad me había repetido mil veces que yo sola no podría. La enfermedad de mi madre me había abierto una puerta de miedos ¿Y si a Él le pasase algo? Qué iba a hacer yo sola con tres niñas… Sabía que esto no era más que el desajuste hormonal dando por saco, pero lo que ocultaba era mi intento de evadir la certeza de que soy fuerte. Cuando piensas que más duro no puede ser Él acabó en la cama sin poder moverse con unos mareos terribles. No me quedó más remedio que callar a mi mente demostrándome que vaya si sola podía.
Cuando descubres una debilidad pones todo tu esfuerzo en acabar con ella, de repente me vi siendo tremendamente independiente, no teníamos tiempo para nosotros y poco a poco nos fuimos alejando. No lo digo como si hubiésemos hecho algo mal y esa fuese la consecuencia, sencillamente era lo que tocaba, centrarnos en tirar del carro, cuidar cada uno de su salud mientras cuidábamos al otro y a nuestras tres hijas mientras por un lado Él estudiaba de forma intensiva por el bien de la familia y yo replanteaba mi futuro buscando el mismo bien, todo esto en un momento de tormenta emocional…  Creo que fui yo, la verdad, creo que para poder sobrellevarlo todo me desconecté de Él, de quiénes éramos, de nuestro lugar en la vida del otro, me desconecté de lo mucho que lo amo porque tenía mucho miedo y estaba empeñada en demostrar que si Él faltaba yo sola podría con todo, que no me dolería tanto… creo que son mecanismos de defensa para “momentos de emergencia”. Llegó un punto, en realidad solo fueron dos o tres días, en los que yo vivía mientras Él estaba en cama, sacaba todo adelante y cuando llegaba la noche, el único momento para poder estar juntos me dormía sin siquiera tocarlo. Le daba besos fríos y prácticamente no hablamos. Se me coge un nudo en la garganta al hablar de esto, no fue nada fácil y más si me pongo en su lugar, estando tan mal como estaba, sabiendo que no podía hacer nada por ayudar más que reposar e intentar curarse y viendo como yo me alejaba… Una mañana yo estaba de recogiendo ropa o algo así a los pies de la cama y Él me miraba tumbado en ella, estábamos comentando algo de la situación y de repente me hizo una pregunta clara, concisa y dura: ¿Es que ya no quieres ser mía?. Los que me leeis de mucho tiempo seguro que hubieseis apostado por un “Claro que quiero seguir siendo Suya, Amo” inmediato, pero no fue así, ya no era la misma y había descubierto una Ángela mucho más libre y fuerte, tenía miedo a perderla si volvía a someterme a Él. “No lo sé, sé que soy muy feliz siendo Suya, pero me da miedo perder esta fuerza que he descubierto en mí si lo soy” Ahora con la perspectiva veo lo cagada que estaba, hablaba mi miedo, mi comodidad, es mucho más fácil matar una parte de ti que seguir luchando por compaginar todas tus partes. Justo en ese momento llegó mi madre a casa y dejamos la conversación. Bajé con ella y por supuesto se dio cuenta de que algo me pasaba… Le comenté mi problema, todo lo que sentía, confieso que lo hice creyendo firmemente que utilizaría mis dudas y miedos como una oportunidad de “sacarme” de la sumisión, como si ella hubiese aguardado pacientemente algún momento de debilidad para decirme lo equivocada que estaba… por no variar me equivoqué. “Ángela, te conozco bien. Te conocí cuando no aceptabas esa parte de ti y te he conocido cuando sí, no dejes que el agotamiento y los miedos te confundan. Eres de las personas más especiales que existen, muchos me dan la razón. Qué te hace tan especial, por qué gusta tanto estar contigo, hablar, por qué es fácil abrirse a ti y la gente te busca en sus momentos más difíciles, por qué desprendes esa energía… uno de los grandes motivos es tu peculiaridad, tus contrastes, eres de las personas que más claramente distingue sus partes y lucha por darle cabida a todas. Claro que es más fácil dejar partes de ti en el camino, pero ¿Serías feliz? Entiendo que estés cansada de buscar el equilibrio interno, pero una de las cosas que te hace única es ese empeño que tienes desde niña, precisamente. Así que sigue siendo valiente e intenta mantener tu fuerza sin perder lo que te hace feliz con Carlos” Quizá las palabras no digan tanto como lo que significaron para mí en ese momento, pero a mí me hacen llorar al recordarlas, sobretodo por lo inesperado, por lo inverosímil y porque sentí a la vida hablando a través de mi madre. Desde entonces soy muchísimo más consciente de mi suerte…
Cuando mi madre se fue subí a la cama a verlo, le pedí perdón y le dije que sí quería seguir siendo Suya, que aceptaba el reto de meter en la ecuación a esa nueva Ángela que había surgido, aceptaba el reto de recuperarnos y ver qué cosas nuevas surgían. Porque algo que también he aprendido es a aceptar que lo maravilloso es que todo está en contínuo cambio, que no podemos volver a ser los que éramos y eso no significa nada malo, al revés… ya os contaré en otra entrada, pero estoy descubriendo que podía disfrutar muchísimo más de la sumisión, de nuestra relación, de la vida en general gracias a esa libertad que hallé en esos momentos tan difíciles… No es que se pudiese compaginar, es que ha servido para engrandecer.
Así que ella no lo leerá porque prefiere no ver evidencias, pero puede mosquearme de mil maneras que jamás olvidaré lo maravilloso que es tenerla como madre. Es todo un ejemplo para mí ver cómo ignora los aspectos superficiales de lo que somos y nos ve, nos acepta y nos quiere a Él y a mí, tal y 
como somos.
P.D.: Perdonad si ahora las entradas aparecen más descuidadas, aprovecho momentos como puedo para escribir, ya sabéis… meses intensos jaja

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