Una escapada

En semana santa pasamos una noche en un pueblo de Granada. Era algo que necesitábamos, acabábamos de conseguir un punto de encuentro en nuestra relación, la semana anterior tuvimos una conversación de esas trascendentales de “o tiramos adelante o acabamos con esto” porque ya sabéis que eso de estar juntos sin sentirnos plenos, sin sentirnos conectados no va mucho con nosotros. No sé si es bueno o malo pero creo que somos del “o todo o nada”. El caso es que justo pude hacer ese click interior que encajaba mi nuevo Yo y la sumisión. Así que aquel viajecito era el punto de partida perfecto.

En cuanto estuvimos solos en el coche me ordenó que me quitase las bragas y que me levantase el vestido a lo primera escena de Historia de O. Ese simple gesto ya me emocionó. Tened en cuenta de dónde veníamos… Me supo a gloria. El camino hasta el pueblo fue precioso, por el campo, pasamos por un lago, la música… Me mareé un poco y fue cuando me confesó que había un camino con menos curvas, pero quería que viese el paisaje. Le encantan las vistas y siempre las prioriza, lo que me ha costado más de un mareo jaja.

El alojamiento era precioso, con un balcón con vistas al barranco. Fuimos dando un paseo hasta el restaurante, yo estaba especialmente inspirada, me suele pasar en esas circunstancias que me ilusionan, es como si mi cerebro se emborrachase un poco y me libero, haciendo que mi creatividad se dispare. Fuimos bromeando sobre posibles fotos eróticas en aquel entorno. Prometimos volver para hacerlas cuando mi melena estuviese más larga. Así tendría más tiempo para aprender algo más sobre fotografía y que las fotos saliesen como en mi cabeza. Mis propósitos y yo…

Comimos rico y con buen vino, el justo para que se me soltase del todo la lengua y sacase mis “preguntas trascendentales” soy una borracha muy profunda jaja. De esa comida surgió el post de “¿Sádicos en el sadomasoquismo? No, gracias”. Volvimos a la habitación por el mismo paseo maravilloso. Yo estaba en una nube, quizá así contado aún hayáis visto poco BDSM, pero mi sensación interior era la de volver a mi lugar, éramos las mismas personas de los últimos meses, haciendo cosas que habíamos hecho también los últimos meses y que también había disfrutado, pero mi lugar interior respecto a Él era totalmente distinto. Volvía a sentir esa ilusión, ese verlo desde la verticalidad, esa magia que surge cuando nos miramos así. Somos los mismos, nos queremos igual pero todo fluye, todo brilla más, cuando estamos en D/s. Es un movimiento interno, ni siquiera tienen que darse escenas BDSM para que la diferencia se note. Quizá los más puristas no lo entiendan o puedan decir que eso no es BDSM, no importa, no me molesta, porque no podemos olvidar que finalmente lo que importa son las personas y sus relaciones, y aún más, lo que importa son las personas y su felicidad, y yo, en aquel momento volví a sentir esa felicidad conjunta. Digamos que el cáncer me enseñó a ser feliz sola, me enseñó lo que era el disfrute y el gozo de vivir individualmente, aquel fin de semana pude sumar mi felicidad individual a la felicidad en pareja. Porque la habíamos perdido, como os he dicho, el amor nunca desapareció, pero esa chispa que siempre hubo entre nosotros desde que cambiamos nuestra relación se había difuminado entre cuidados y quimioterapia.

Llegamos a la habitación y nos tumbamos en la cama. Sinceramente no recuerdo si practicamos sexo o no, lo que recuerdo es acabar abrazados desnudos dejándonos vencer por el sueño. No soy de echarme siestas pero aquella me supo a gloria, porque la intimidad también son esos momentos, esos en los que dices “como estamos solos vamos a pasarnos el día follando” pero acabas dándote cuenta de que una siesta abrazados es igual de especial.

Y al despertar, al despertar sí que recuerdo qué ocurrió: collar en el cuello de nuevo, correa, pinzas… Un montón de cosas que me supieron a primera vez tras tanto tiempo sin experimentarlas. También hubo cuerdas, me encantó ver mi “nuevo” pecho atado. La habitación no tenía espejo, pero sí una ventana que lo reflejaba todo. Hay escenas que vi en aquel cristal que no se me borrarán de la cabeza. Dolió, lloré, gemí, me transporté, me inspiré, sentí la vida en estado puro y rudo… Prefiero no contar detalles y que queden para mí, pero recordar aquello me hace sonreír, me pone de muy buen humor y me excita una barbaridad. Hasta ahí puedo leer.

Íbamos justos de tiempo para el toque de queda pero decidimos ir al bar de los dueños del alojamiento, ya que nos dijeron que los visitásemos y yo necesitaba una Coca-cola. Me gustó volver a sentir ese bajoncillo post sesión. Era un bar con una chimenea y muchas fotos en las paredes ya que, según nos contaron, era un lugar de reunión y tertulias prepandemia. La dueña fue más que amable, nos invitó al mejor vino que he probado nunca y que hace su marido, pedimos un buen queso… Yo sentía el ardor entre mis piernas, el dolorcillo post sesión, estaba en una nube. Todo era perfecto.

Volvimos a la habitación, vimos una serie y a dormir feliz, muy feliz.

Por la mañana nos duchamos juntos en una ducha preciosa. El baño tenía una viga de madera relativamente baja. Como íbamos bien de tiempo me dijo que quería aprovecharla. Me ató las manos a ella y me dejó allí sola mientras Él se sentó en la terraza a leer. Creo que es de las peores cosas que me puede hacer, la espera me atormenta, soy demasiado activa. Quizá no tanto físicamente, pero sí en esa sensación de “estar haciendo” cosas, aunque sea ver una serie, leer un libro, escuchar un podcast… También me gusta meditar o sentarme a contemplar la naturaleza, pero voluntariamente. El hecho de que me diga “aquí te vas a quedar” hace que mi cerebro se dispare y busque cosas que podría estar haciendo, o se ponga en modo creativo y no pare de inventar. Allí atada pensaba en escribir para el blog sobre los alojamientos turísticos “normales” pero que pueden dar algún juego, como aquel baño y su viga. Volvió, me azotó, no mucho pues era hora de dejar la habitación. Me gustó la situación, me gustan esas situaciones que no tienen por qué ser una larga sesión o acabar en sexo, gestos que me muestran cosas distintas de mí, de Él, que le dan un toque distinto al día.

Pasamos la mañana visitando el pueblo con Silverio, un hombre que voluntariamente hace de guía a quién quiera conocer el pueblo y su gran historia. Adoro ver a las personas apasionadas ejerciendo sus pasiones. Este hombre vivía lo que contaba, cada rincón del pueblo estaba lleno de historia y creo que nadie nos la hubiese transmitido mejor. Volvimos a comer al restaurante del día anterior que nos encantó. La comida volvió a ser maravillosa en todos los sentidos.

Volvimos a casa.

Así contado quizá no quede muy resultón, pero tengo la luz, las imágenes, los sonidos, los sabores, los olores, los gemidos y llantos grabados a fuego. Es imposible transmitiros las sensaciones y sentimientos. Pero aquel fin de semana nos reencontramos, volvimos a ser nosotros y marcó un antes y un después, nos salvó de la separación. A ver, no fue el fin de semana lo que nos salvó, pero sí fue la materialización de que realmente lo habíamos conseguido, que nuestra crisis había pasado. Volví a sentirme una niña entusiasmada caminando de Su mano, a mirarlo desde esa admiración sumisa. Ojo, siempre lo he admirado, pero la admiración sumisa es otra cosa y, según mi experiencia, tiene más que ver con la sumisa que con el Amo. Es decir, Él siempre ha sido digno de admiración en muchos sentidos, y nunca he dejado de admirarlo. Pero la admiración sumisa es algo que va más con mi mirada, con el lugar en el que me encuentre. Quizá alguien dirá “será porque Él no se había sabido imponer, porque no la había sabido someter para que volviese a mirarlo así”. Yo también lo habría pensado antes de este año, pero el problema de nuestra crisis no fue algo de gestos o de acciones. Es decir, cuando terminé el tratamiento, ya empezamos a tener nuestros momentos más BDSM. En apariencia todo estaba igual, Él se imponía como Amo y yo me sometía. Pero lo que fallaba era algo más profundo. Yo estaba desubicada, y no había absolutamente nada que Él pudiese hacer más allá de decirme cómo se sentía, cómo me percibía… Por eso la crisis fue más “grave” porque no se podía solucionar de manera superficial, ni había nada que el otro pudiese hacer para que se arreglase, era un movimiento individual que tenía que hacer yo sola por mi propia voluntad. No olvidemos que esto no va de someter, va de que la otra persona se someta. Parece un simple juego de palabras pero a la hora de la verdad es algo muy importante y lleno de matices.

Bueno, no me enrollo más, que aquel fin de semana fue muy significativo y feliz. Y me ha encantado rememorarlo.

Os recuerdo que esta tarde a las 17:30 en Twitch nos vemos y charlamos un rato. En Twitter pongo el enlace directo pero podéis encontrarme como “Ángela y café». También os recuerdo que podéis suscribiros a mi newsletter que estrenaré en breve.

Gracias por leerme

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