Balance 2021

El último martes del año, toca hacer resumen del año…

Este año empezó celebrando mi cumpleaños en uno de mis sitios favoritos. Uno al que no iba desde niña. Fue un cumpleaños agridulce, celebraba una edad que hubo un día que no sabía si iba a cumplir. Era un día de celebración, pero la vuelta de la guerra es dura, no te das cuenta pero has vivido un proceso tan intenso, tan tuyo, que por más que los demás te hayan acompañado de la mejor manera posible, tú has ido por libre, tú te has ido lejos. Era la única manera de seguir muchos años cerca de ellos. Hay circunstancias que por mucho que las vivas de la mejor manera posible, son agotadoras en muchos sentidos. El día de mi cumpleaños eso se manifestó de forma evidente. El día de más celebración me sentí más lejos de Él. Acababa de volver de mi viaje, aún andaba adaptándome a sentir que ya todo estaba bien, que había pasado… Estaba más sensible que en cualquier otro momento del tratamiento. Quizá por haber idealizado ese momento, quizá por tener la inocente idea de que un día estás tratándote de cáncer y al día siguiente todo vuelve a ser como antes… Aquel día me sentí rota, perdida, me sentí viviendo en una realidad paralela, como si no pudiese conectar con nadie. Aquel día incluso dudé de que Él se alegrase de que yo hubiese sobrevivido. Es muy duro, lo sé, lo escribo con todas las ganas de llorar del mundo ¿¡Cómo podía pensar eso de la persona que me había cuidado con todo lo que podía y más!? La vuelta de la guerra es dura, el estado de alerta no se apaga de un día para otro. Y, lo peor, ya no hay enemigo, así que te inventas uno que responda a ese “peligro” que tú sientes. Recuerdo que aquel día nos planteamos si estábamos del todo rotos, si habíamos podido con todo menos con eso. Recuerdo que sentí un frío que jamás había sentido, ni en nuestros peores momentos. Miré al cielo de la tarde, miré a la inmensidad que manifestaban aquellas montañas, esas en las que solo puedes sentir a Dios, a algo más grande que tú, algo que aparece cuando tú ya no puedes más. Miré y pedí ayuda, pedí respuestas… Y, como no podía ser de otra manera, las obtuve. A la mañana siguiente me sentí inspirada, llena de magia, me atreví a soñar incluso. “Quiero una casa en este lugar” le dije, contra todo pronóstico de mi mente limitada que pensó que Él me llamaría loca, me acompañó en mi sueño, se sumó a él. Nos pasamos el camino de vuelta haciendo números, pensando formas de lograrlo, hablando de diseño, de marketing, de abundancia y magia… Olvidamos que estábamos rotos, sin saberlo, nos centramos en reconstruirnos, en asumir que no éramos los mismos y eso no tenía por qué ser malo, sobre todo si nos abríamos a descubrir qué nuevo surgiría de ello.

El resto del año ha estado lleno de ese descubrimiento. Nuestras escapadas a solas investigándonos, encontrando nuestra nueva forma de ser juntos. Ha estado lleno de ilusión, de la búsqueda de nuestro sueño desde el disfrute, hemos saboreado cada día. Hemos incorporado nuevos hábitos a nuestra rutina que nos hacen ser mucho mejores, brillar más, nos hemos vuelto mucho más sólidos emocionalmente hablando. Hacemos mejor equipo que nunca. Como madre he aprendido a relacionarme aún mejor con mis hijas, a no sobreportegerlas tanto, y acompañarlas desde una disponibilidad más sincera, sin esa carga de la madre que ha de solucionarles la vida. También he aprendido a mostrar más mis emociones, he aprendido a ser más espontánea, a mostrar más mi amor hacia los demás. He aprendido a confiar en mí, he aprendido a integrar mejor todas las “Yo” que hay en mí (aún estoy en ello, pero he avanzado mucho).

Como sumisa me he permitido ser, me he permitido divertirme, he dejado a un lado la carga. He recuperado por mil la complicidad que teníamos cuando novios que había perdido en el proceso del BDSM. Nuestros momentos a solas no han sido muchos, pero sí de una calidad impresionante. He aprendido a disfrutar y ser feliz en todo momento, sean las circunstancias que sean. He aprendido que, antes que mi Amo, es mi alma compañera, esa con la que todo es mejor, más divertido, bonito y fácil. Y, sobre todo, he roto muchos patrones un poco añejos que tenía dentro, que asumía propios de la sumisión y no.

Respecto al BDSM y mi búsqueda de mi propósito de vida también ha sido un año intenso. Traté de divulgar desde lo que me aconsejaron desde fuera que debía hacer. El ruido de las redes sociales, la presión a la que me sometí, la persecución de objetivos… me rompieron un poquito. Tampoco ayudó que al abrir esos frentes quité muchos filtros respecto a relacionarme con las personas. El contacto más “directo” me dejó devastada en ocasiones. Se me olvidó escuchar mi intuición, lo que dentro sentía. Si soy como soy, si me relaciono en redes como lo hago, es para priorizar mi forma de ser, priorizar mi paz interior, mi equilibrio emocional. Ojalá algún día pueda ignorar la energía que no me gusta de otras personas, pero mi don principal es la empatía, a unos niveles que no podéis ni imaginar. Aún soy una novata manejando toda la información que me viene de otra persona con una simple conversación. Así que paré y me escuché, yo solo quiero ser escritora, no aspiro a nada más que a expresar la belleza de lo que vivo, el BDSM, entre ello. Mientras haga mucho de lo que me apasione, mientras disfrute de lo que hago manteniendo a raya a esa maldita autoexigencia, todo irá bien, seguiré el camino que me hace feliz. Todo se dará, confío en ello.

Ahora me doy cuenta de que empecé el año recuperando un poco el miedo a la vida que superé gracias al cáncer. Lo proyecté en algunos aspectos, pero no pude ignorar lo aprendido. No pude ignorar que descubrí a Dios, que me reconcilié con él, que le prometí confiar en que no me soltaría, que sabía que me enseñaría a obrar el milagro. Y aquí, en este último martes del año le prometo dejar de ocultar partes de mí según el sitio en el que me muestre. Prometo asumir de una vez por todas esa misión que me encomendó, que no dejó de repetirme aunque yo no quisiera escuchar. Y es que la misión de todos es la de mostrar nuestra forma de ver el mundo, nuestra forma de sentir, nuestra forma de amar. Hay algo rabiosamente revolucionario en ser quienes somos a pecho abierto, esa es nuestra cruzada, la de luchar por no creer que está mal, que es mejor mantenernos ocultos. La luz que hay en cada una de nuestras vidas es tan hermosa… hay tanta belleza en cada uno de nosotros, que el verdadero pecado es tratar de esconderla o cambiar.

¿Y qué le pido al año que entra? Nada concreto, simplemente que me permita confiar cada vez con más fuerza para abrirme al cien por cien a lo inesperado, eso que es siempre mucho mejor de lo que yo pueda imaginar. Le pido el valor de mostraros sin miedo quién soy.

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