Pelo en la cara

Hay algo especial, una sensación única en el momento que, tras mucho tiempo, vuelves a ponerte en posición de ser azotada. Es como si volvieses a ser novata, como si fuese la primera vez que tu culo recibirá un golpe. Creo que es magia que esa mezcla de ilusión, miedo y nervios vuelva a su máximo apogeo, que nunca te acostumbres, que sea tan fácil volver a sentirte una tierna y tiritona mujercilla que no sabe qué sentirá.

Me ordenó que me desnudara, el contador llevaba mucho tiempo sumando… Sacó las cuerdas, hizo que juntase las muñecas a los tobillos. Las ató. Estaba excitada, el olor a sexo empezaba a hacer acto de presencia, y allí, con las piernas bien abiertas qué opciones tenía de ocultarlo. Se acercó, olió, siempre dice que adora mi olor, que no hay otro como el mío, capaz de volver loco a cualquier hombre. Y llegó ese momento tan temido, ese detalle absurdo que no soporto: el momento de darme la vuelta para dejar mi culo expuesto. Es un movimiento tonto que solo dura unos segundos, pero atada es complicado darse la vuelta, girarse… Él me ayuda, me agarra, me coge y me siento como un cochinillo inmovilizado. Me siento tremendamente ridícula. Pero no es peor que la sensación de exposición e impotencia de cuando ya estoy en posición y soy consciente de que no hay escapatoria ni movimiento que pueda hacer para evitar que los azotes caigan uno tras otro…

Y empieza, lo escucho hurgar en los cajones mientras yo trato de respirar profundo y poner en práctica todas las técnicas que conozco de meditación, con la esperanza de que alguna haga que mi consciencia se vaya un poquito de mi cuerpo y duela menos… Cuántos años ya enfrentándome a ese momento y qué iguales mis cocnlusiones: No soporto el dolor pero me encanta ser azotada. ¿Algún día me comprenderé? ¿Algún día dejaré de regañarme en esos momentos previos por meterme en semejante lío? “Si no nos gusta el dolor, Ángela, qué coño haces aquí.” me regaño. Pero, mientras mi cabeza está en conflicto, mi pecho siente un ardor, una sensación única… y entre mis piernas la humedad hace acto de presencia. No es un ponerme cachonda puramente sexual, es una experiencia muy estimulante a muchos niveles. Me encanta, lo asumo y sigo respirando…

Me azota con la mano muy seguido ambas nalgas, para calentar un poco, me explica. Para y acerca su mano a mi ingle, tira un poco para separar los labios y mira. Es un detalle, un gesto aparentemente inocente, pero esos matices son los que me vuelven loca, las pequeñas cosas son las que más me llenan. Y entonces sí, se retira y cae el primer golpe. Pica, escuece, duele… Yo cuento en voz alta. Siguen cayendo. Cambia de herramienta, va alternando…

Tengo la cabeza contra el colchón, el pelo me cubre la cara con lo mucho que me agobia, aunque esta vez siento que me cobija, que me alivia, me protege. Él está al lado, puedo verlo entre las rendijas… Lo miro mientras me azota, Su cara, Sus ojos, Sus gestos… Me vuelve loca. De repente nota mi mirada, para, me mira y esboza una media sonrisa, no, LA media sonrisa o “la sonrisilla” como la llamo yo. “Cómo me gusta ver el brillo de tus ojillos llorosos entre tu pelo”. Y sigue… Con eso me quedo, ese es mi momento elegido. Y es que, cada vez que sesionamos o simplemente follamos, siempre hay un momento mágico, algo que hace que hasta el polvo más sencillo se diferencie de todos los demás. Es como la seña de identidad de ese instante. A veces es un apretón en el cuello, una mirada, una orden, una palabra, un beso, una caricia, un insulto, una historia… da igual, cada momento de intimidad con Él tiene su sello y me encanta descubrir cuál es.

Cuando llevo unos 40 me dice “Venga, voy a ser bueno, te daré una pista: aún no hemos llegado siquiera a la mitad”. La desesperación hace acto de presencia, qué angustiosa es la puñetera… Sigue. Finalmente coge la rama, mi archienemiga la rama. Me da unos cuantos más, me pregunto cuántos quedarán, solo me ha dado unos cuantos más desde ese “ni la mitad”, la incertidumbre me atormenta. Para, creo que va a cambiar de elemento para azotarme. Entonces se acerca a mis nalgas y lame las heridillas que hace la rama, según Él no es sádico pero le gusta el sabor a sangre de mis marcas… Luego se pone a mi lado, tira de mi pelo, me ayuda a incorporar el tronco, y quedarme de rodillas. Me mira con esa cara que se le pone la primera vez que me mira tras azotarme, con una especie de orgullo al contemplar el efecto de “Su obra” en mi cara: lágrimas, rimmel corrido, sábanas marcadas, la mejilla que tenía apoyada roja… “Anda tonta, no pongas esa carilla de pena, que ya hemos terminado” nota mi confusión “Lo de que no habías llegado ni a la mitad era broma, un juego para divertirnos”. Me hace gracia con la tranquilidad que dice “un juego para divertirnos” como si para los dos implicara el mismo tipo de diversión, lo dice en un tono inocente como si de verdad creyese que es un juego inocuo que no me provocará cosas. Evidentemente ese es su objetivo, quitar importancia a lo que hace, por putearme, porque sabe que me enerva que diga cosas así sobre mi dolor “Venga si no ha sido para tanto” “Anda, anda, eres una quejica”… forma parte de Su juego. Y yo… yo me ofusco, me duelo, lloro, me desespero, entro en conflicto conmigo misma, me angustio, suplico… pero adoro Sus juegos, adoro nuestro mundo, Su mundo, lo adoro.

Y recuerdo el momento de ver Su sonrisilla entre mi pelo, recuerdo lo mucho que me gustó ese momento, lo mucho que le gustó a Él ver mis ojillos llorosos en ese justo instante. Él me VE, yo lo VEO y flotamos. Y es eso ¿Verdad? Ya no importan las veces que notas las diferencias… De eso se trata ¿Verdad? de ver al opuesto y sentir que no hay otra cosa en el mundo que querrías ver. Porque, como dice esta maravillosa canción de Izal “Flotando nada puede tocarnos… nos concentramos en la belleza de los contrarios”.

1 thought on “Pelo en la cara

  1. Raul says:

    Gracias, es genial.
    He vivido momentos similares, y no sé puede explicar mejor.
    Un saludo

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